PONTIFICIA UNIVERSIDAD CATÓLICA DEL PERÚ Escuela de Posgrado Los singulares cautiverios de Susana Higuchi: la primera mujer (des)leal del fujimorato Tesis para obtener el grado académico de Magistra en Estudios Culturales que presenta: Claudia Kazuko Almeida Goshi Asesor: Víctor Miguel Vich Florez Lima, 2023 Informe de Similitud Yo, Víctor Miguel Vich Florez, docente de la Escuela de Posgrado de la Pontificia Universidad Católica del Perú, asesor de la tesis titulada “Los singulares cautiverios de Susana Higuchi: la primera mujer (des)leal del fujimorato”, de la autora Claudia Kazuko Almeida Goshi, dejo constancia de lo siguiente: - El mencionado documento tiene un índice de puntuación de similitud de 5%. Así lo consigna el reporte de similitud emitido por el software Turnitin el 28/02/2023. - He revisado con detalle dicho reporte y la Tesis y no se advierte indicios de plagio. - Las citas a otros autores y sus respectivas referencias cumplen con las pautas académicas. Lugar y fecha: Lima, martes 28 de febrero del 2023 Apellidos y nombres del asesor: Vich Florez, Víctor Miguel DNI: 09389668 Firma ORCID: 0000-0003-4192-6873 1 A Arturo y a Tsunae (mi papá y mi mamá), quienes criaron a sus cuatro hijas con amor. A Haru, Yaeko, Hachi, Fusae, Tomoe, Victoria, Mariana y a Libia (mis tías Goshi), quienes asumieron la responsabilidad de sacar adelante a la familia, con probidad y sin temor. 2 AGRADECIMIENTOS A Víctor Vich, asesor de esta investigación y unx de mis más queridxs profesorxs y amistades, cuyas sugerencias enriquecieron el desarrollo de este trabajo. Su constante apoyo fue imprescindible no solo para la realización de este estudio, sino también en mi formación académica. A Alexandra Hibbett y a Juan Carlos Ubilluz, ilustres miembros del jurado, cuyas anotaciones en el borrador me ayudaron a problematizar aspectos que podían ser mejorados. A Gonzalo Portocarrero (Q.E.P.D), Edmundo Cruz, Marita Hamann, Giancarlo Cornejo y a Raymundo Casas, quienes me escucharon y me sostuvieron para contemplar claroscuros. A Virginia Zavala, mi querida maestra, quien creyó en mí y continuó haciéndolo, incluso cuando yo lo dejé de hacer en más de una oportunidad. A Anibal Kovaleff, Frank Janampa, Verónica Ferrari, Tony Gutiérrez, Enrique Sinacay, Norka Uribe y a María Gracia Córdova por su apoyo y palabras de aliento. A mi papá, mamá, tías Goshi y a mi tío Francisco, cuyo inquebrantable soporte e inagotable comprensión posibilitaron que mis hermanas y yo (tres sanmarquinas y una molinera) pudiéramos estudiar con afecto, tranquilidad y confianza. A todxs ellxs, les extiendo mi más sincero agradecimiento. 3 RESUMEN En este estudio de corte exploratorio bosquejo, a partir de un trabajo de hemeroteca, la biografía de Susana Higuchi (1950-2021), ex primera dama del régimen de Alberto Fujimori (1990-2000), y la interpreto a través de una constelación de voces provenientes, principalmente, de diferentes perspectivas que se enmarcan en los Estudios de Género. Autorxs como Maruja Barrig, Hélène Cixous, R. W. Connell, Simone de Beauvoir, Silvia Federici, Luce Irigaray, Marcela Lagarde, Marta Lamas, María Emma Mannarelli, Kate Millett, Carole Pateman, Adrianne Rich, Gayle Rubin, Flora Tristán y Monique Wittig (entre otrxs) me ayudan a contemplar y a tomar distancia de la existencia de Susana Higuchi, a quien distingo como la primera mujer (des)leal del fujimorato: ejecutora de la primera denuncia pública por corrupción que apuntó al círculo presidencial más íntimo antes del autogolpe del 5 de abril de 1992. Ella pagaría las consecuencias de su traición y de develar parte del suplemento obsceno (Žižek, 2003, 2011) del régimen (la corrupción como núcleo estructurador) al ser arrinconada en lo que denomino el cautiverio de la paria; esto es, un abismo signado por la soledad y por la desprotección extremas, donde las mujeres pueden ser arrojadas como castigo por desequilibrar el status quo, por lo que dicen y por lo que hacen. Susana Higuchi se salvó de caer en este encierro. Previamente, transitó por singulares cautiverios (en tanto hija, esposa y madre) en los que supo maniobrar y acumular recursos simbólicos, así como económicos. Su ocaso comenzó cuando se convirtió en la primera dama del fujimorato (1990-1994) y enfrentó los escarmientos por ir más allá de los límites de «lo esperable». Ella sobrevivió y en su momento habló en más de una ocasión. Con este trabajo, busco dar cuenta de su historia e intento escuchar con atención su voz y sus silencios, los cuales atravesaron la tan poco estudiada en nuestro país historia del tiempo presente. PALABRAS CLAVE: Susana Higuchi, biografía, fujimorato, Estudios de Género, cautiverio, paria 4 ABSTRACT This study takes on an exploratory approach and looks into the biography of Susana Higuchi (1950-2021), first lady of Peru during Alberto Fujimori's regime (1990-2000). Drawing on a systematic review of periodicals, I interpret Higuchi’s biography through the lens of different authors and perspectives from the field of Gender Studies. Authors such as Maruja Barrig, Hélène Cixous, R. W. Connell, Simone de Beauvoir, Silvia Federici, Luce Irigaray, Marcela Lagarde, Marta Lamas, María Emma Mannarelli, Kate Millett, Carole Pateman, Adrianne Rich, Gayle Rubin, Flora Tristán, Monique Wittig, amongst others, help me assess and gain perspective into Susana Higuchi’s life history I regard Higuchi as the first woman to be (dis)loyal to fujimorato: leading the first public denounce of corruption involving closest members of the presidential circle during the time prior to Fujimori’s self-coup on April 5th, 1992. Higuchi faced the consequences of her treason. For unveiling part of the obscene supplement (Žižek, 2003, 2011) of the regime (i.e., corruption as the structuring nucleus), she was confined into what I refer to as the pariah’s captivity. This analytical figure represents an abyss characterised by loneliness and utter abandonment, where women get thrown into as punishment for breaking the status quo, for the things they say and do. Susana Higuchi saved herself from falling into such an enclosure. Previously, she had walked through particular captivities (as daughter, wife, and mother) where she was able to accumulate and manage symbolic and economic capital. Her downfall began when she became the first lady of fujimorato (1990-1994) as she experienced chastisement for going beyond the limits of ‘what’s hoped’. She survived and spoke out more than once. In this study, I aim to provide an account into her life history and listen attentively to her voice and silences, which run across the understudied history of our country’s present time. Keywords: Susana Higuchi, biography, fujimorato, Gender Studies, captivities, pariah 5 Rei: «El hombre le tiene miedo a la oscuridad. Solo en la luz tiene el control» (Anno, Enokido & Watanabe, 1995). Neon Genesis Evangelion, anime 6 ÍNDICE Introducción Notas sobre el cautiverio de la paria ........................................................................................ 7 Capítulo I El reino del padre ..................................................................................................................... 17 Capítulo II Una familia fuera de lo común ................................................................................................ 29 Capítulo III El retumbar de Susana ............................................................................................................ 46 Conclusiones… ........................................................................................................................ 67 Referencias bibliográficas… .................................................................................................... 71 7 INTRODUCCIÓN NOTAS SOBRE EL CAUTIVERIO DE LA PARIA «De la historia que sigue aún no puede decirse: “sólo es una historia”. Este cuento sigue siendo real hoy en día. La mayoría de las mujeres que han despertado recuerdan haber dormido, haber sido dormidas» (Cixous, 1975/1995, p. 17). No es fácil contemplar la vida de una mujer. Puede tornarse un ejercicio doloroso debido a que cuando nos embarcamos en esta labor podemos (des)encontrarnos en ella, en sus orígenes, privilegios, pesadillas y despertares. También es posible descubrir que las expectativas que nos formamos de antemano resultan injustas preconcepciones que nos nublan la mirada: dispositivos que operan para controlarla y reproducir el orden de «lo esperable». Propongo, entonces, dejarnos sorprender sin aspavientos y profundizar en la particularidad de la existencia de una mujer cuya voz resonó en la historia peruana reciente. Susana Higuchi (1950-2021), más allá de haber sido la madre de una candidata presidencial, fue primera dama (1990-1994) del mandato de Alberto Fujimori (1990-1995 y 1995-2000). Desde tal posición, se convirtió en la primera mujer (des)leal del régimen autocrático que este último encarnó debido a que ejecutó públicamente la primera denuncia por corrupción que recibió el círculo presidencial más íntimo. En este trabajo de corte exploratorio y polifónico busco, por tanto, cartografiar la historia de ella: trato de escucharla y de interpretar su vida con ayuda de una constelación de voces provenientes, principalmente, de los Estudios de Género. Me concentro en la participación de la ex primera dama en el fujimorato no sin antes explorar su tránsito por dominios previos. Lxs invito a contemplar claroscuros: ella nos depara más de una sorpresa, por lo que llegó a reproducir y a resistir. La biografía de Susana Higuchi está escindida —sostengo— por singulares cautiverios que han marcado su existencia incluso antes de su ingreso a la esfera pública nacional en las elecciones presidenciales de 1990. Como demostraré a lo largo de esta investigación, supo 8 lidiar con los cautiverios en tanto hija, esposa y madre al punto de constituir una familia fuera de lo común donde resplandeció como la figura estelar. Su ocaso comenzó cuando Alberto Fujimori se convirtió en jefe de Estado; y ella, por defecto, en primera dama: en una que debía permanecer quieta e indiferente dentro del gobierno encabezado por él y resguardado por sus aliados, diseminados por todo el aparato estatal. Susana Higuchi no cumplió con el papel asignado. Los castigos, en consecuencia, no se hicieron esperar. Se requirió de una sofisticada maquinaria disciplinaria para tratar de arrojarla en un abismo signado por la soledad y por la desprotección extremas; esto es, lo que denomino el cautiverio de la paria. La ex primera dama se libró de este encierro, aunque no sin batallar. Sin embargo, a lo largo de la década del noventa, no logró recuperar la posición protagónica perdida debido a que —a la luz del epígrafe de Hélène Cixous que encabeza esta sección— fue dormida en más de una oportunidad. Para comenzar, el rostro de Susana Higuchi se volvió habitual en las páginas de los principales diarios capitalinos durante la campaña electoral de 1990, como la esposa de Alberto Fujimori, «el outsider por excelencia» (Lynch, 2000, p. 24). En ese entonces, el eslogan electoral honradez, tecnología y trabajo fue parte de una madeja representacional que cautivó a millones de peruanos, cansados de los partidos políticos tradicionales, de la corrupción de los gobiernos precedentes y de los ataques terroristas que comenzaron a asolar la ciudad. Mario Vargas Llosa, adversario de Fujimori en los comicios mencionados, describe el Perú de hace más de treinta años de la siguiente manera: A mediados de 1989, los atentados se multiplicaban a lo largo y ancho del país y, según el gobierno, habían causado ya dieciocho mil muertos. Regiones enteras —como la del Huallaga, en la selva, y casi todas las alturas de los Andes centrales— estaban poco menos que controladas por Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. La política de Alan García había volatizado las reservas y las emisiones inorgánicas anunciaban una explosión inflacionaria. Las empresas trabajaban a la mitad y a veces a la tercera parte de su capacidad instalada. Los peruanos sacaban su dinero fuera del país y los que encontraban trabajo en el extranjero se marchaban. Los 9 ingresos fiscales habían descendido tanto que padecíamos un derrumbe generalizado de los servicios públicos. Cada noche las pantallas del televisor mostraban escenas patéticas de hospitales sin medicinas ni camas, de colegios sin carpetas, sin pizarras y a veces sin techos ni paredes, de barrios sin agua y sin luz, de calles cubiertas de basuras, de obreros y empleados en huelga, desesperados por la caída en picada de los niveles de vida. (Vargas Llosa, 1993, p. 94) Entre la primera y la segunda vuelta electoral, los medios de comunicación empezaron a brindar detalles de la vida del inesperado candidato y de su familia, provenientes de la hermética comunidad peruano-japonesa (o nikkei).1 Fue así como Alberto Fujimori, Susana Higuchi y sus cuatro hijos (Keiko, Hiro, Sachi y Kenji) ingresaron a la esfera pública nacional para nunca más salir de ella. A través de las cámaras, la pareja proyectó una imagen de impertérrita armonía familiar en cuanto mitin o entrevista preelectoral se encontrasen. El apoyo de ella, en tanto esposa, enalteció la postulación del outsider. No solo se trataba de un hombre que destilaba una imagen de eficacia técnica y de independencia (Degregori, 2001, p. 28), sino también de un jefe del hogar diligente, capaz de proveer bienestar entre los suyos a pesar del espanto político, económico y social circundante. Nada hacía presagiar los públicos (y clandestinos) castigos que Susana Higuchi padecería durante el fujimorato, desplegados —considero— para contenerla en el encierro más desolado de todos: un abismo solitario, sin apoyos y sin salidas en vida, esto es, el cautiverio de la paria. Flora Tristán, quien da cuenta del sujeto paria al peregrinar por el Perú del siglo XIX, confiesa lo siguiente: «¡No sabía dónde huir ni qué hacer! No entrevía asilo ni reposo en ningún sitio sobre la tierra. La muerte, que durante largo tiempo había creído próxima y esperaba como un beneficio de Dios, se negaba a mis votos y mi salud se había fortalecido» (1838/2003, p. 356). La muerte es el escape primordial del cautiverio de la paria. No se trata de un encierro natural ni inevitable en el que todas las mujeres terminan siendo confinadas. 1 El término nikkei, además de referirse a la colonia peruano-japonesa, también es utilizado para designar a los migrantes japoneses y a sus descendientes (Asociación Peruano Japonesa, s.f.-a). 10 Este lugar se produce por medio de despojos (económicos, políticos y simbólicos) que se superponen y que requieren de una estructura social patriarcal que los posibiliten y que los vuelvan sin importancia, indignos de atención o de intervención alguna.2 Como bien manifiesta Francesca Denegri (2003), la paria que elabora Flora Tristán se trataría de una mujer que «vive en las orillas del sistema social “legítimo” y oficial» (p. 37). Efectivamente, la paria vive; pero en un lugar marcado por la soledad y por la desprotección 2 La sociedad peruana es de carácter patriarcal debido a que se encuentra estructurada para constituir relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres. En este trabajo, entiendo el patriarcado a la luz de lo propuesto por Sylvia Walby (1990, p. 20); es decir, como un sistema de prácticas y estructuras sociales por medio de las cuales los hombres dominan, explotan y oprimen a las mujeres. Deborah Cameron (2018/2019, pp. 26-27) señala que una sociedad dominada por los hombres presenta las siguientes características: (1) los hombres monopolizan las posiciones de poder político; (2) tienen derechos ante la ley que las mujeres no poseen; (3) tienen y controlan más recursos económicos; (4) ostentan autoridad directa sobre las mujeres del hogar; (5) sus actividades profesionales gozan de mayor prestigio que las de ellas; y (6) hacen uso de la violencia y de la amenaza para controlarlas. Los seis parámetros mencionados se cristalizan en nuestro país a nivel político, económico y simbólico en diferentes formas. En primer lugar, ninguna mujer fue elegida presidenta regional en las elecciones del 2018 y solo 2 lo consiguieron en las del 2022 (en Moquegua y Lima); asimismo, de los 1800 gobiernos locales, solo 92 (5%) son liderados por alcaldesas (Gestión, 2019a). A esto se suma que en los comicios congresales extraordinarios del 2020 resultaron elegidas 36 congresistas (28%) de un total 130 a pesar de que las mujeres constituyen el 50,36% del padrón electoral (Hidalgo, 2020). Sin embargo, esta cifra se incrementó en las elecciones generales del 2021: 50 mujeres (38,4% del total) alcanzaron una curul (El Peruano, 2022). Finalmente, solo 2 mujeres (Dina Boluarte en el Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social, y Anahí Durand en el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables) integraron el primer gabinete del gobierno del expresidente Pedro Castillo, elegido en los comicios del 2021 (Mauricio, 2021). No está de más añadir que —a la fecha— solo varones han ocupado el sillón presidencial por elección popular. Si bien Dina Boluarte es la primera mujer en alcanzar la presidencia de la República (7 de diciembre del 2022), lo hizo en circunstancias excepcionales (debido al fallido golpe de Estado de Pedro Castillo y, como consecuencia, de la oficialización de su vacancia como mandatario por parte del Poder Legislativo). Los casos aludidos corroboran que, en el Perú, las posiciones de poder político se encuentran monopolizadas por los hombres. En segundo lugar, la abogada de la Pontificia Universidad Católica del Perú y activista feminista, Amire Ortiz, indica que si bien los hombres no tienen derechos que las mujeres no tengan, las brechas legales permanecen. «Actualmente en materia de lo escrito en el ordenamiento jurídico, no, no es que haya reconocimiento de derechos a los hombres que no sean los mismos a los que accederían las mujeres, y lo pongo en condicional, porque en la realidad la situación es distinta respecto al acceso de ejercicio de los derechos por parte de las mujeres considerando las diversas brechas de género existentes. […] Considero que aún falta una mayor inclusión de normas que promuevan la paridad y no solo a nivel electoral, sino también en materia laboral. Que exista mayor fomento para cuotas mínimas de inclusión de mujeres en espacios laborales, públicos y privados, con salarios iguales, procurando el cumplimiento de la norma» (Ortiz, 2020). Como vemos, aunque en el papel exista igualdad entre hombres y mujeres, en la práctica, la falta de normas que garanticen la paridad de oportunidades sostiene inequidades entre ambos. En tercer lugar, en el Perú, los hombres sí controlan y disponen de mayores recursos económicos que las mujeres. La remuneración de ellos es 21,2% mayor que la de ellas (Ruiz, 2020, p. 27). El Instituto Nacional de Estadística e Informática [INEI], por su parte, expone que «[l]as mujeres tienen más probabilidades que los hombres de dedicarse a actividades de baja productividad, el 37,6% de ellas son trabajadoras independientes o cuenta propia. El trabajo en sectores de baja productividad se caracteriza por ser precario, inestable y mal remunerado; además, en su mayoría implica ausencia de los beneficios sociales legales que generalmente conlleva el trabajo asalariado» (2019a, p. 94). A nivel corporativo, hay más hombres en puestos de gerencia y, a pesar de que las mujeres llegan a desempeñar el mismo puesto, ganan menos que ellos. Es más, tan solo uno de cada 5 puestos ejecutivos en el país (21%) son ocupados por mujeres (Gestión, 2019b). En cuarto lugar, los hombres sí ostentan una autoridad directa sobre las mujeres de la familia. Como veremos a lo largo de este capítulo, tradicionalmente, ellos ocupan un lugar central en la estructura del hogar al garantizar el sustento familiar, mientras que las mujeres son quienes se dedican a las labores domésticas. El INEI (2019b, p. 20) manifiesta que, desde los 12 años, las mujeres se convierten en trabajadoras no remuneradas en sus casas y llegan a dedicar cerca de 50 horas semanales a las actividades domésticas al llegar a los 30-39 años. En quinto lugar, carreras consideradas prestigiosas resultan también masculinizadas en nuestra sociedad, como las ingenierías, medicina y derecho, las cuales cuentan con más profesionales hombres que mujeres. Por ejemplo, una de cada cinco ingenieros es mujer (Gil, 2018). Además, entre los 4 624 médicos colegiados en el 2016, 1551 fueron mujeres (Ramírez-Orellana & León Rivera, 2019, p. 180). Por otro lado, a pesar de que en la actualidad hay más mujeres que hombres estudiando Derecho, el porcentaje de abogadas en posiciones de liderazgo continúa siendo ínfimo (Baca, 2018). Finalmente, en sexto lugar, la violencia sí constituye una herramienta de control que los varones ejercen sobre la vida y cuerpo de las mujeres peruanas. El INEI señala que el 31,1% de las mujeres del área urbana y 29,4 % del área rural han sufrido violencia física por parte de sus parejas (2019a, p. 116). En una investigación de carácter cualitativo, Cristina Alcalde (2014) expone que las mujeres de Lima seleccionadas en su estudio compartieron que «todas las formas de violencia las afectaban profundamente» (p. 37). La violencia que ejecutan los hombres sobre ellas no solo es física, sino también sexual y psicológica. «Cuando él la obliga a tener relaciones sexuales, él viola su cuerpo y su mente, y pone en riesgo la transmisión de enfermedades, así como dejarla embarazada. Cuando le prohíbe trabajar o ir a la escuela, y se niega a darle dinero para las necesidades básicas de su familia, la obliga a entrar en un estado de dependencia, le impide adquirir conocimientos y aumenta el riesgo de desnutrición y los problemas de salud para ella y sus hijos e hijas» (Alcalde, 2014, p. 37). Como vemos, las seis aristas que estructuran una sociedad patriarcal se reproducen en el Perú, aunque no sin matices ni resistencias. 11 extremas, recluida sin amparo estatal y sin redes sociales que la sostengan. Dicho de otra forma, la mujer arrojada en este abismo no tiene adónde acudir ni a quién recurrir para resguardar su existencia. Su cautiverio sirve para expurgarla del sistema que desestabiliza con sus desbordes. Ella es castigada de esta manera debido a que quebranta el status quo por su falta de sumisión, por lo que dice y por lo que hace. De ahí la necesidad de contenerla a como dé lugar, de expulsarla a los confines del orden «legítimo» y «oficial» (patriarcal, capitalista y neoliberal), sobre todo cuando revela —como Susana Higuchi, la primera mujer (des)leal del fujimorato— el corrupto germen estructurador del régimen que su exesposo comandó y que ella amenazó socavar con sus públicas denuncias. La ex primera dama fue una mujer incómoda para el mandato de Alberto Fujimori. Habló de más, tanto que hizo tambalear por momentos el gobierno de su expareja. Como elaboraré en este estudio, Susana Higuchi se libró de ser acorralada en el cautiverio de la paria porque, en primer lugar, nunca se quedó sola por completo. Si bien es cierto que en la década del noventa perdió simbólicamente a su familia nuclear y pervivió las tropelías del aparato estatal, contó con redes sociales de apoyo (amistades y medios de comunicación) que la salvaron de ese encierro. En segundo lugar, Susana Higuchi delató en más de una ocasión a su exesposo y a su círculo más íntimo, lo cual le garantizó paradójicamente ser dormida (es decir, volverse objeto de medidas disciplinarias), así como captar reflectores mediáticos con los que mantuvo la atención de la población en torno a ella y a los oprobios recibidos.3 La biografía que propongo de la ex primera dama da cuenta, por tanto, de que sí es posible librarse del 3 Este grado de atención no debe darse por descontado; pues hay comunidades tan precarizadas que, si bien existen, resultan invisibles ante el lente mediático, la mirada del aparato estatal y la ciudadanía en general (pensemos, por ejemplo, en las autodenominadas locas y en las trabajadoras sexuales). Sobre las locas y los peligros que enfrentan al caminar libremente en la calle, Néstor Perlongher (2013) esboza lo siguiente: «Las locas, a la manera panzeriana, tenemos de qué quejarnos […]. Hablar de la homosexualidad en la Argentina no solo es hablar de goce sino también de terror. Esos secuestros, torturas, robos, prisiones, escarnios, bochornos que los sujetos tenidos por “homosexuales” padecen tradicionalmente en la Argentina —donde agredir putos es un deporte popular— anteceden, y tal vez ayuden a explicar el genocidio de la dictadura. […] Acá los machos no han precisado de una revolución para matar putos» (p. 38). Por otro lado, Juana María Rodríguez (2016) estudia textos que retratan la vida de trabajadoras sexuales de la tercera edad en el albergue Casa Xochiquetzal (‘flor preciosa’ en náhuatl). Este espacio fue concebido debido a la precariedad que las trabajadoras sexuales padecían en la calle. «La casa arrancó gracias a los esfuerzos de Carmen Muñoz, quien se encontró una noche con unas compañeras durmiendo en la calle tapadas por un cartón: mujeres que, como ella, habían trabajado vendiendo sexo y ahora se encontraban envejecidas, pobres y solas» (Rodríguez, 2016, p. 23). Tanto las locas como las trabajadoras sexuales comparten la ausencia de garantías que amparen sus vidas al tan solo transitar u ocupar el espacio público. 12 cautiverio de la paria, aunque no sin secuelas de por medio, siempre y cuando se cuente con los recursos materiales y simbólicos para conseguirlo. Previamente, Susana Higuchi transitó por los encierros en tanto hija (de un padre), esposa (de un hombre) y madre (de sus hijos). Para Marcela Lagarde (2005), la noción de cautiverio «sintetiza el hecho cultural que define el estado de las mujeres en el mundo patriarcal: se concreta políticamente en la relación específica de las mujeres con el poder y se caracteriza por la privación de la libertad […]» (p. 151). Luego de cartografiar la biografía de la ex primera dama, puedo afirmar que esta «privación de la libertad» no es absoluta. En tanto hija, esposa y madre, Susana Higuchi, descendiente nikkei de segunda generación e ingeniera civil de profesión, gozó de un margen de maniobrabilidad, con sus concesiones, recompensas y escarmientos, que le permitió conquistar espacios extraordinarios a nivel educativo, laboral y familiar. Dicho margen se redujo de manera exponencial cuando se convirtió en primera dama, lo cual conllevó que sea puesta en su lugar: «En la sombra que él proyecta en ella, que ella es» (Cixous, 1975/1995, p. 20). Susana Higuchi hizo lo posible para huir de la sombra del dictador. No era la primera vez que utilizó lo que tenía a su disposición para salir de un cautiverio (ya había sido excluida del dominio paterno); pero sí constituyó la primera ocasión en la que estuvo a punto de perderlo todo y de ser retenida en el cautiverio de la paria. Esta investigación exploratoria se enmarca en los recientes esfuerzos por recuperar la historia de ellas (Lema, 2021; Nuñez, 2022; Rosas, 2019). Al respecto, comparto la preocupación de Siri Hustvedt (2020/2022): «Solo de adulta he tenido ocasión de reflexionar sobre el problema de la omisión, sobre lo que falta en lugar de lo que está ahí, y de empezar a comprender que lo que se calla resuena con tanta fuerza como lo que se dice» (p. 15). Los silencios en torno al fujimorato, en efecto, resultan ensordecedores. Si bien se trata de un periodo que ha sido analizado desde las ciencias sociales y las ciencias políticas (Burt, 2022; Conaghan, 2005; Cotler, 2000; Degregori, 2001; Degregori & Meléndez, 2007; Marcus- Delgado, 2001; Murakami, 2018; Quiroz, 2019; Ragas, 2022; Rousseau, 2009/2012; Tanaka, 13 2001), y cuyas principales figuras masculinas (tales como Alberto Fujimori, expresidente; Vladimiro Montesinos, exjefe de facto del Servicio de Inteligencia Nacional; y Santiago Martin Rivas y Jesús Sosa Saavedra, miembros del Destacamento Colina) han sido retratadas a profundidad (Bowen, 2000; Bowen & Holligan, 2003; Godoy, 2021; Jara, 2017; Jochamowitz, 2002 y 2018; Uceda, 2004), las mujeres que operaron para el régimen —y que fueron desechadas por él (como, por ejemplo, Susana Higuchi, ex primera dama; Mariela Barreto, exagente del Grupo Colina e informante de la prensa alternativa; y Matilde Pinchi Pinchi, exasistente de Vladimiro Montesinos)— no han recibido el mismo grado de atención hasta ahora. Como siempre, hay excepciones (Almeida, 2017; Blondet, 2002; Gasparini, 2002; Paredes, 2009). Este trabajo polifónico se suma a ellas y se distancia en vista de que me apoyo, principalmente, de voces provenientes de diferentes perspectivas de los Estudios de Género (Barrig, 2017; Cixous, 1975/1995; Connell, 1995/2003; De Beauvoir, 1949/2020; Federici, 1975/2018, 2004/2019; Irigaray, 1976/2009a, 1976/2009b; Lagarde, 2005; Lamas, 1996; Mannarelli, 2018; Millet, 1969/2018; Pateman, 1988/1995; Rich, 1976/1999; Rubin, 1975/1986; Tristán, 1838/2003; Wittig, 1982/2010a, 1981/2010b, entre otrxs), con las que potencio una mirada contemplativa para poder interpretar la existencia de la primera mujer (des)leal del fujimorato y dar cuenta de los cautiverios por los que transitó. También utilizo la noción de suplemento obsceno (Žižek, 2003, 2011), y dialogo con los aportes señalados en líneas anteriores acerca del fujimorato, así como con estudios sobre la colonia peruano- japonesa (Fukumoto, 1997; Morimoto, 1999; Moromisato, 2020), para lograr contextualizar y profundizar dicho proceso interpretativo. Por otra parte, la biografía que comparto se fundamenta en un riguroso trabajo de hemeroteca realizado en la Biblioteca de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Consistió en la exploración y recolección de artículos (noticias y entrevistas) protagonizados por la ex primera dama, publicados en el primer lustro de 1990 en, sobre todo, La República, El 14 Comercio, Caretas: Ilustración peruana (de ahora en adelante solo Caretas) y el semanario Sí acerca de los siguientes eventos y/o lapsos: la campaña presidencial de 1990 (primer semestre de este año), inicios del fujimorato (del 28 de julio de 1990 hasta el 23 de marzo de 1992), la denuncia de la ex primera dama por la apropiación de ropa donada por parte del círculo presidencial más íntimo (del 24 de marzo hasta finales de abril de 1992), así como su ya olvidado intento de postular a la presidencia de la República (de inicios de agosto de 1994 a finales de enero de 1995). Para la recolección, tomé fotografías de los artículos con un iPad e imprimí las imágenes para facilitar la (re)lectura y sistematización de la información. Vale precisar que sumé a mi carpeta de archivos publicaciones (impresas y digitales) producidas luego de la caída del régimen (en La República y el semanario Hildebrandt en sus trece, entre otros). Por último, he considerado entrevistas que Susana Higuchi ha sostenido en los últimos años y que se encuentran libremente en la plataforma de videos Youtube. Es así como a través de esta diversidad de documentos rastreo la existencia de la ex primera dama e intento escuchar su voz y sus silencios. La cartografía que propongo acerca de la vida de Susana Higuchi está conformada por tres momentos. Para entender con mayor profundidad el último de ellos —quizás el más importante de este estudio— es necesario no pasar por alto los dos primeros. En el primer capítulo (titulado «El reino del padre»), exploro la existencia de Susana Higuchi como hija de un migrante japonés boyante. En este dominio, ella circuló por espacios inimaginables para otras mujeres nikkei de su generación (la universidad, por ejemplo). La ex primera dama supo obedecer, pero también disentir. Fue buena hija, así como la rebelde de la familia al tomar una decisión radical por su cuenta: contraer matrimonio con Alberto Fujimori, en ese entonces, un profesor universitario sin mayor fortuna. Este acontecimiento le permitió desplazarse de un singular cautiverio a otro sin caer en los márgenes del orden «legítimo» y «oficial». En el segundo capítulo (titulado «Una familia fuera de lo común»), bosquejo la estructura de los Fujimori-Higuchi. Planteo la dinámica de las relaciones de poder en esta 15 esfera, donde la ex primera dama se ubica en una posición central gracias a sus conquistas empresariales. Susana Higuchi pudo configurar un entorno familiar con el que transformó el cautiverio en tanto esposa y madre en el más laxo en el que se encontró debido a que logró constituirse como la proveedora del hogar. Fue una etapa de «armonía familiar» que perduró hasta que su exesposo empezó a ganar victorias políticas. La campaña electoral de 1990 supuso un periodo de tregua, donde Susana Higuchi fungió como la servicial compañera del entonces candidato. La crisis matrimonial llegó precisamente a un punto sin retorno cuando Alberto Fujimori se convirtió en presidente de la nación y ella, así como los recursos económicos que generó, dejaron de ser necesarios para la consolidación de las ambiciones del exmandatario. Finalmente, en el tercer capítulo (titulado «El retumbar de Susana»), contemplo las traiciones de la ex primera dama: por medio de un grito (la denuncia pública de apropiación de donaciones por parte del círculo presidencial más íntimo) y un intento de contragolpe (la búsqueda de postular a la presidencia de la República en las elecciones de 1995). En esta etapa, el develamiento de una de las dimensiones del suplemento obsceno del fujimorato (en este caso, la corrupción) resulta un efecto de una lucha por resquebrajar el estricto cautiverio en tanto esposa, encierro donde Susana Higuchi fue depositada cuando se convirtió en la primera dama del fujimorato. La intromisión de Vladimiro Montesinos en la familia Fujimori-Higuchi, el ascenso de los hermanos (y cuñados) de Alberto Fujimori en el círculo presidencial más íntimo y el dominio de las principales instituciones del Estado (Poder Ejecutivo, Poder Legislativo, Poder Judicial, Ministerio Público, Servicio de Inteligencia Nacional, entre otros) por aliados del régimen funcionaron para tratar de confinarla en otro encierro: el cautiverio de la paria. Susana Higuchi pagaría duramente las consecuencias de sus desacatos. No obstante, consiguió librarse de ser arrojada en los márgenes del orden «legítimo» y «oficial», en parte, gracias a los vínculos que estableció fuera del control de palacio de gobierno y de las instituciones de inteligencia del Estado. A pesar de que la ex primera dama estuvo a punto de 16 ser arrinconada en el cautiverio más desolador de todos, pudo lidiar con otros e incluso —como desarrollaré a lo largo del primer capítulo— obtener recursos materiales y simbólicos, en tanto hija de un padre que fundó un reino empresarial. 17 CAPÍTULO I EL REINO DEL PADRE Mulan: «Ancestors hear my plea. Help me not to make a fool of me and to not uproot my family tree. Keep my father standing tall» (Wilder & Zippel, 1998, 3m3s). Honor to us all, canción de la película Mulán Comencemos el recorrido por la vida de la primera mujer (des)leal del fujimorato explorando la esfera donde creció, así como al jefe del hogar del cual dependió en el singular cautiverio que transitó en tanto hija de un migrante japonés boyante. Como bosquejaré en esta sección, este dominio estuvo escindido por una figura paterna sin igual. De acuerdo con Adrianne Rich (1976/2019), el padre es «un hombre que posee y controla a la mujer (o a más de una) y a su descendencia» (p. 117). Esta posesión asegura que el padre busque trascender a través de sus hijos o, mejor dicho, eternizarse en ellos. En tal sentido, Koshiro Higuchi (1911-2000), progenitor de Susana Shizuko Higuchi Miyagawa, sí llegó a perpetuarse, aunque de una manera excepcional, en su hija a pesar de los desajustes que ella desató en su reino; esto es, «el mundo de las llantas»: un emporio instaurado en el Perú por él desde sus cimientos y expandido gracias al trabajo de su prole. El padre de la ex primera dama y su esposa Seki Miyagawa (1918-2004) fueron migrantes japoneses procedentes de la ciudad de Yame (prefectura de Fukuoka).4 Susana Higuchi fue la menor de sus cuatro vástagos (Caretas, 1994a, 4 De acuerdo con la página de Facebook de la Reencauchadora El Sol (s.f.), Koshiro Higuchi llegó al Perú en 1928 y fue el hijo mayor de una familia de agricultores. Por otro lado, la biografía de Seki Miyagawa es, en su mayor parte, desconocida. Luego de la revisión bibliográfica realizada, he podido determinar que se desempeñó como enfermera (Gasparini, 2002, p 197; Jochamowitz, 2018, p. 219). Sin embargo, no hay información sobre las circunstancias de su casamiento con Koshiro Higuchi. No se sabe, por ejemplo, si se trató de un «matrimonio por fotos» (shashin kekkon en japonés). En la colonia nikkei (en las primeras décadas del siglo XX) las bodas solían concretarse a través de un intercambio de fotografías previo, entre el migrante japonés afincado en el Perú y una joven compatriota que viajaba a nuestro país para conocer personalmente y casarse con el interesado (Sakuda, 1999, p. 142). Otra de las alternativas que los migrantes japoneses tenían en aquella época para conseguir una esposa era regresar a su pueblo de origen y casarse allí con una mujer dispuesta a viajar con él al Perú (tal como ocurrió con Naoichi Fujimori y Mutsue Inomoto, padre y madre del expresidente). Finalmente, tampoco se conoce si Seki Miyagawa ejerció la enfermería después de su unión con Koshiro Higuchi. Es más, no he podido encontrar información oficial acerca de la participación de Seki Miyagawa en la fundación y expansión de la Reencauchadora El Sol. En el 2019, en la página de Facebook de la Reencauchadora El Sol (s.f.), se consignaba sobre ella lo siguiente: «Con el correr de los años, [Koshiro Higuchi] se casó con doña Seki Miyagawa (1918-2004), oriunda también de Yame-shi con quien inició una familia». En una exploración realizada en octubre del 2021 ya no pude hallar el nombre de Seki Miyagawa en la sección de «Información» en la página de Facebook mencionada. Koshiro Higuchi sí continuaba siendo nombrado en ella. La vida de la madre de Susana Higuchi permanece —como vemos— en silencio, a diferencia de Mutsue Inomoto, quien en vida recibió a Doris Moromisato para conversar acerca de la historia de su familia, así como de sus sentimientos sobre Perú y Japón. Moromisato (2020) describe a la madre del expresidente de la siguiente manera: «De pronto, al percatarse de mi presencia, interrumpe su rutina musical y me saluda cordialmente. Su 18 p. 80), así como la única que llegó a ostentar reflectores mediáticos.5 Nació el 26 de abril de 1950, ocho años después de la inauguración del negocio fundado por la cabeza de los Higuchi- Miyagawa: la Reencauchadora El Sol. 6 A diferencia de otros japoneses que arribaron al Perú (como, por ejemplo, Naoichi Fujimori, el padre del expresidente), Koshiro Higuchi logró acumular una gran fortuna al afincarse en el negocio de las llantas. Tenía tan solo 17 años cuando arribó a tierras peruanas en 1928, «llevando consigo solamente sueños, ilusiones y espíritu de trabajo» (Tire Sol, s.f.). El patriarca de los Higuchi-Miyagawa fue un issei (esto es, un nikkei de primera generación) que consiguió posicionarse económicamente dentro de la comunidad peruano-japonesa en medio de la derrota nipona en la Segunda Guerra Mundial y de las campañas antijaponesas que se desplegaron en nuestro país avivadas por este acontecimiento histórico. Se trata de un caso extraordinario, pues el crecimiento de las arcas familiares dentro de esa colonia era, por japonés es como la de todas las issei: suave, lleno de remembranzas, salpicado de castellano, de sorpresivas expresiones de gratitud. Me pregunta: “¿Usted, okinawense?”. “Sí”, le respondo, y ella exclama cariñosamente: “¡Uuuy!, yo bastante amiga okinawense aquí en Perú. ¡Bien buena gente! En Okinawa también bastante amiga» (p. 77). Por lo menos, la voz de Mutsue Inomoto consiguió ser recopilada y reproducida. La mayoría de las madres no corre con la misma suerte: «¿alguien sabe quién es la madre de Micaela Bastidas? ¿de Tomasa Tito Condemayta? La respuesta probablemente es no. El universo femenino de las madres no existe y parece no importarle a nadie» (Nuñez, 2022, p. 30). 5 En la actualidad, solo uno de los cuatro descendientes de Koshiro Higuchi y Seki Miyagawa continúa con vida (Celsa). Por el contrario, el hijo mayor —que, según Gasparini (2002, p. 198), fue el hermano favorito de la ex primera dama y cuyo nombre no he podido hallar luego de la revisión bibliográfica— falleció de manera fortuita. Pablo Higuchi Miyagawa murió en el 2011 durante la campaña presidencial en la que su sobrina Keiko Fujimori Higuchi disputó por primera vez el sillón presidencial (Radio Programas del Perú [RPP], 2011). Finalmente, Susana Higuchi, falleció el 8 de diciembre del 2021, víctima de una «dura lucha contra el cáncer» de acuerdo con el tweet publicado por Keiko Fujimori (2021), su hija mayor, ese mismo día. 6 La Reencauchadora El Sol se ubicó originalmente en la Av. Grau (La Victoria, Lima). Fue fundada por Koshiro Higuchi en 1942 (dos años después del saqueo masivo que padecieron cerca de 600 establecimientos comerciales de japoneses en Lima durante la Segunda Guerra Mundial). Se trata de una de las reencauchadoras más completas y avanzadas de Latinoamérica, habilitada para reparar, por ejemplo, neumáticos OTR (Reencauchadora El Sol, s.f., página web). Este tipo de neumáticos (of the road) se emplean en camiones mineros capaces de transportar toneladas de peso. En la actualidad, la Reencauchadora El Sol es una de las empresas de la familia Higuchi, cuyo emporio representa en el Perú a diferentes marcas internacionales de neumáticos (entre ellas, la reconocida marca japonesa Yokohama). Sin embargo, el ascenso comercial de la familia Higuchi no ha estado exento de escándalos. Una investigación periodística reveló que esta prole constituyó dos empresas offshore en el paraíso fiscal de las Islas Vírgenes Británicas a través de la investigada y desarticulada firma de abogados panameña Mossack Fonseca (Cabral, 2017). Precisamente, la segunda offshore fue creada días antes de la primera vuelta electoral de los comicios presidenciales del 2011, en los cuales Keiko Fujimori Higuchi participaba (Cabral, 2017). El Ministerio Público se encuentra investigando los aportes de esta campaña. Las pesquisas hasta ahora han arrojado que los primos de la excandidata presidencial, Juan Pablo y Eduardo David Higuchi Fukazawa, compraron 7 propiedades valorizadas en 12,3 millones de dólares a la empresa de corretajes de Mark Vito Villanela, expareja de Keiko Fujimori (Wayka, 2020). 19 lo general, realizado por los hijos o nietos de los migrantes.7 Susana Higuchi terminó haciendo lo posible para emular al padre: ambos destacarían por la consecución de logros económicos.8 Según María Emma Mannarelli (2018), «las mujeres tienden a quedar relegadas al ámbito doméstico, existen como madres, esposas e hijas […]» (p. 66). La ex primera dama existió, efectivamente, como hija de Koshiro Higuchi. Se caracterizó por su obediencia y laboriosidad en casa, así como en la empresa de su progenitor.9 Este singular cautiverio bajo la sombra paterna le permitió trascender las paredes del hogar y del trabajo de cuidados asociado al espacio doméstico.10 Susana Higuchi recordaría su infancia de la siguiente manera: «Yo nací entre llantas. […] Trabajé desde muy niña ayudando a mis padres. Me compenetré intensamente con el mundo de las llantas» (como se citó en La República, 1990a, p. 12).11 Dentro de este dominio, más allá de ser tan solo reducida a la condición de mercancía —lo que para Luce Irigaray (1978/2009a, p. 142) significa que una mujer se encuentra sometida a la producción, el consumo, la valorización y la circulación por parte de los hombres— la ex primera dama se desempeñó como fuerza de trabajo, lo cual le posibilitó acumular experiencia 7 Los primeros migrantes japoneses arribaron a nuestro país entre 1899 y 1923 (Sakuda, 1999, p. 141). Llegaron por contrato para trabajar como mano de obra barata en las grandes haciendas azucareras. Por ejemplo, Naoichi Fujimori, padre del expresidente, fue parte de esta primera ola migratoria. Koshiro Higuchi, en cambio, fue parte de la segunda ola migratoria, la cual —a diferencia de la anterior— vino al Perú libremente (sin contrato de trabajo) y sin la obligación de laborar en el sector agrícola. Por otro lado, los japoneses afincados en tierras peruanas comenzaron a ingresar al sector comercial a partir de 1920 (Morimoto, 1999, p. 92). Cuando Koshiro Higuchi decidió probar suerte en el Perú, entonces, sus compatriotas ya habían abierto establecimientos de diversa índole (por lo general, bodegas, bazares, peluquerías, verdulerías, sastrerías y cafetines) en distintas partes del país. El emprendimiento de Koshiro Higuchi (una reencauchadora), sin embargo, distaba de los negocios comúnmente ya inaugurados por sus connacionales. 8 Para comprender la magnitud de lo alcanzado por Koshiro Higuchi, tengamos presente a Carlos Chiyoteru Hiraoka, el fundador de la famosa casa de electrodomésticos importados, migrante japonés que también construyó un emporio familiar en el Perú. Carlos Chiyoteru Hiraoka llegó al Perú en 1933. Se afincó en la ciudad de Huanta (Ayacucho), donde junto a su esposa Rosa Torres, inauguró un bazar que consiguió mucho éxito comercial. En 1964, fundó su primera tienda en la Av. Abancay (Lima). Los productos importados (como los electrodomésticos) fueron introducidos paulatina y exitosamente en la empresa, la cual a lo largo de los años se ha convertido en un emporio (Perú Retail, 2019). Así como en el caso de los Higuchi-Miyagawa, el negocio familiar de los Hiraoka-Torres ha sido mantenido y expandido por los hijos. Finalmente, en una visita a la Clínica Centenario Peruano Japonesa (Pueblo Libre, Lima) realizada en el 2022, pude visualizar en el primer piso 11 placas conmemorativas, dos de ellas (una al lado de la otra) con las siguientes inscripciones: «Carlos Chiyoteru Hiraoka y Familia» y «Koshiro Higuchi y Familia». Las placas han sido concedidas a un selecto grupo de personas, instituciones o empresas nikkei que han sido benefactoras de ese centro de salud. Carlos Chiyoteru Hiraoka y Koshiro Higuchi son los únicos nikkei de primera generación en el Perú cuyos nombres y apellidos han obtenido esta distinción. 9 La ex primera dama desempolvó el siguiente recuerdo en una entrevista brindada semanas antes de que su exesposo asuma por primera vez la presidencia del Perú: «Tenía 14 años y llegó a mis manos la Casa Verde [novela de Mario Vargas Llosa]. Muy ufana se lo conté a mi hermano. Estuve una semana castigada» (como se citó en Balbi, 1990, p. 16). Como vemos, Susana Higuchi era corregida en casa si es que se salía de la raya, si es que ponía en riesgo el recato que toda mujer debe mantener dentro y fuera de casa, «ya que así la sociedad la aceptará más fácilmente» (De Beauvoir, 1949/2020, p. 354). 10 El trabajo de cuidados consiste en la limpieza de la casa, la compra y preparación de los alimentos, el cuidado de otros, el autocuidado, entre otros (Rodríguez, 2015, p. 36). 11 Luego de la revisión bibliográfica y de las entrevistas realizadas, no he podido distinguir si se trató de trabajo asalariado o no remunerado. 20 laboral en «el mundo de las llantas». Esta pericia finalmente le sería de utilidad para sus propios proyectos empresariales.12 La infancia de Susana Higuchi distó mucho del cautiverio de la paria bosquejado en la «Introducción»; puesto que ella contó con un lugar en el sistema social «legítimo» y «oficial» al ser parte de un hogar, de índole patriarcal y de producción capitalista, donde el padre se posicionó como el personaje principal.13 Al respecto, Kate Millett dilucida que la familia es uno de los pilares fundamentales del patriarcado: la figura masculina que la encabeza cobra una preponderancia material e ideológica en la medida de que las personas a su cargo dependen de su posición social y de sus recursos económicos (1969/2018, pp. 83-87). La existencia de la ex primera dama se encontró amparada, desde su nacimiento, por el emprendimiento paterno. Es más, ella fortaleció el reino del padre con su trabajo y obediencia, al lado de sus hermanos, quienes también laboraron en La Reencauchadora El Sol (Lévano, 1994, p. 27). Por su parte, Silvia Federici y Nicole Cox sostienen que la familia constituye también uno de los pilares de la producción capitalista (1974/2018, p. 58). La prole Higuchi-Miyagawa operó, en tal sentido, como un motor que propulsó la expansión del emporio.14 Un extrabajador de la reencauchadora —a quien llamaré a lo largo de este estudio «Rolando Arturo»— recuerda que alrededor de 1983 las reuniones del directorio se realizaban entre Koshiro Higuchi, su esposa Seki Miyagawa, quien «no hablaba con nadie», y sus hijos (comunicación personal, 31 de mayo del 2020). El negocio fundado por el padre conformó la cotidianeidad y orientó el horizonte de sus descendientes. Susana Higuchi destacó sobre su progenitor lo siguiente: «Mi padre era millonario» (como se citó en La República, 2019). Para Norma Fuller (2002), «el rol del padre es proveer 12 Véase Capítulo II. 13 La centralidad del padre era lo común en las familias encabezadas por un migrante japonés (Fukumoto, 1997, p. 491). 14 La Reencauchadora El Sol cambió de ubicación en 1973: se mudó de la Av. México (La Victoria) a la Av. Nicolás Arriola (San Luis). El terreno en este distrito fue adquirido gracias a la ayuda de los descendientes del matrimonio Higuchi-Miyagawa, de acuerdo con la página web de Tire Sol (s.f.), compañía de este conglomerado familiar dedicada a la importación de neumáticos. La mudanza coincide con la profesionalización alcanzada, por lo menos, por sus hijas (Celsa y Susana), quienes para 1973 ya habían concluido sus estudios universitarios. 21 a la familia con los recursos materiales y simbólicos que acumula en la esfera laboral y, sobre todo, vincular a sus hijos con el dominio público, al trasmitirles las cualidades y valores que le permitan desenvolverse en el mundo exterior» (p. 437). Koshiro Higuchi cumplió con creces con este designio al constituirse como el padre proveedor de su familia gracias a la empresa que creó y lideró.15 Sus vástagos se acoplaron, en mayor o menor medida, a su reino. Pablo Higuchi Miyagawa (el hijo varón) reemplazó a su progenitor como cabeza de la compañía.16 La ex primera dama, por su parte, también aprendió a desenvolverse, hasta cierto punto, en «el mundo de las llantas». En tanto hija (menor), su lugar no se encontraba en la cúspide del directorio de la reencauchadora: para la primera generación de migrantes japoneses, «la hija no significaba nada en términos patrimoniales» (Moromisato, 2020, p. 37). Sin embargo, Susana Higuchi relució de otras maneras, no solo como fuerza de trabajo en el «mundo de las llantas», sino por sus logros educativos, que fueron valorados por su familia. ¿Quién se imaginaría en ese entonces que ELLA estaría al borde de caer en el cautiverio de la paria muchos años después? La ex primera dama estudió en la Gran Unidad Escolar Mercedes Cabello de Carbonera.17 Ella recuerda lo siguiente sobre sus años escolares: «Siempre estuve peleando los 15 Rolando Arturo (extrabajador de la Reencauchadora El Sol) recuerda que Koshiro Higuchi era un jefe respetado por los trabajadores de la empresa: se trataba —según sus palabras— de una persona «parca y seria» (comunicación personal, 31 de mayo del 2020). «[Koshiro Higuchi] se paseaba todo el tiempo por las instalaciones y saludaba a todos, por lo cual era respetado y se podría decir que hasta querido por algunos […]» (Rolando Arturo, comunicación personal, 4 de junio del 2020). El padre de la ex primera dama no solo estaba al tanto de su compañía, sino también de asegurar la comodidad de su familia. Rolando Arturo comparte que «en una oportunidad llegó [a la reencauchadora] un cargamento muy grande [de madera, específicamente, pino canadiense] y [Koshiro Higuchi] tuvo la gran idea, que hizo muy feliz a la señora [Seki Miyagawa], por cierto, de forrar de madera toda su casa […]» (comunicación personal, 4 de junio del 2020). 16 Si bien la Reencauchadora El Sol fue fundada por Koshiro Higuchi en 1942, la empresa fue registrada oficialmente en 1976. De acuerdo con Cabral (2017), entre los firmantes de la minuta figuran el patriarca de los Higuchi-Miyagawa, Pablo Higuchi (su hijo), Alberto Fujimori (en ese entonces, su yerno) y Augusto Fukazawa Kasay (cuñado de Pablo Higuchi): todos hombres. El expresidente saldría del registro oficial de la compañía en 1981 (Cabral, 2017). Los nombres de las mujeres de la familia (Seki Miyagawa, Celsa y de Susana Higuchi) no se hallan en el documento. Los hijos de Pablo Higuchi, Juan Pablo y Eduardo Higuchi Fukazawa (nietos de Koshiro), son quienes actualmente manejan el emporio. Por otro lado, Mary Fukumoto (1997) brinda luces sobre la preeminencia del chonan (‘hijo mayor’ en español) entre los nikkei de primera generación en el Perú. Según lo recolectado por la autora, el hijo mayor solía heredar la riqueza acumulada por sus padres para que la fortuna no se debilite al distribuirla entre toda la prole (Fukumoto, 1997, p. 493). 17 En la semblanza que César Lévano realizó acerca de Susana Higuchi en 1994 para el semanario Sí, destaca la incorporación de una anécdota escolar y muy personal. La ex primera dama vivió el terremoto del 17 de octubre de 1966 en la Gran Unidad Escolar Mercedes Cabello de Carbonera. «[C]uando la directora del colegio dio un grito que era orden y todas las alumnas regresaron al salón para recoger sus cosas y luego volver a sus casas, ella [Susana Higuchi] sufrió tal crisis de pánico que su condiscípula Adriana Herrera tuvo que aplicarle varias bofetadas para que se calmara» (Lévano, 1994, p. 24). La excongresista fujimorista Luz Salgado fue una de sus compañeras en dicha unidad escolar. Luz Salgado ha sido legisladora a partir del Congreso Constituyente Democrático (CCD), instaurado en 1993 luego del autogolpe de 1992. Ingresó a la política con la venia de Alberto Fujimori, a quien conoció en su calidad de trabajadora administrativa de la Universidad Nacional Agraria La Molina. A la ex primera dama 22 primeros lugares» (como se citó en La República, 1990a, p. 12). Susana Higuchi se empeñó por ser una alumna sobresaliente. Sus esfuerzos rindieron sus frutos. Ninguna de sus compañeras pudo igualarla en matemáticas (fue campeona en esta materia) y fue premiada como «musa de prosa» gracias a un ensayo escrito en el marco de las Olimpiadas Culturales (Lévano, 1994, p. 24). Los estudios, de esta manera, configuraron una fuente de reconocimiento para ella, quien al terminar la escuela se encontró entre dos caminos: seguir con su formación académica o dedicarse a la vida religiosa. Efectivamente, la ex primera dama estuvo a punto de abandonar el hogar Higuchi- Miyagawa para encomendarse a Dios.18 Llegó a confesar que «[q]uería trabajar como religiosa con los hijos de los leprosos en Iquitos» (Susana Higuchi, como se citó en Balbi, 1990, p. 16). Según Monique Wittig, la vida religiosa constituye una vía para escapar del servicio sexual de las mujeres hacia los hombres (1982/2010a, p. 28) o —a la luz de lo propuesto por Irigaray (1976/2009a)— funcionaría como un medio para huir del mercado de las mujeres; esto es, ser «objeto de uso y de transacciones exclusivamente entre los hombres» (p. 128). El sendero seleccionado mantuvo a la hija menor de los Higuchi-Miyagawa bajo la sombra paterna. Durante su juventud, permanecer en este dominio le hizo disfrutar de concesiones y de recompensas, como esbozaré en las siguientes líneas. Entre el convento y las aulas universitarias, la opción más funcional para la expansión del «mundo de las llantas» era obvia, aun si la ex primera dama tuviera que ir más allá de los límites de este reino y de la esfera doméstica. Una carrera universitaria constituía una inversión a largo plazo que retornaría con intereses a la reencauchadora. la trató mucho antes: «Hice mi primaria con Susana Higuchi, en el colegio nacional Mercedes Cabello, en diferentes aulas. No la conocía bien, pero después nos encontramos en la sala de espera del médico, cuando estábamos embarazadas» (como se citó en Vivas, 2016). 18 Al respecto, Lévano (1994) comparte lo siguiente: «Desde esos días de colegiala parecía destinada a monja, al mismo tiempo que revelaba intensa vocación de servicio. Ingresó, por ejemplo, en el grupo de la Cruz Roja que cumplía actividades en el Hogar Clínica San Juan de Dios y en un Asilo de Ancianos. Realizaba en esos días retiros espirituales que duraban hasta una semana y que se cumplían en el propio centro de estudios, esa vieja casona que se encuentra detrás del Congreso; o en la Iglesia de San Pedro, bajo la dirección del sacerdote jesuita Juan Vásquez; o en Huachipa, en un local de esa orden» (p. 24). 23 Susana Higuchi contó con el apoyo de su familia para realizar sus estudios superiores, a diferencia del común denominador de otras mujeres nikkei de su generación; pues la atención solía recaer en el hijo varón mayor (Fukumoto, 1997, p. 493).19 La situación económica en el hogar jugó un rol importante para que ella pudiera estudiar Ingeniería Civil con tranquilidad, una carrera no muy «femenina» en la década del sesenta.20 Como manifiestan Cinzia Arruzza, Tithi Bhattacharya y Nancy Fraser (2019), este tipo de conquistas son accesibles para mujeres con ventajas sociales, económicas y culturales: «Todas las demás quedan varadas en el sótano» (p. 29). El cautiverio en tanto hija de un migrante japonés boyante presentó —como vemos— sus privilegios, los cuales no terminarían en este punto; dado que los esfuerzos de la ex primera dama siguieron rindiendo sus frutos. Su destreza con los números le garantizó ingresar en 1967 a la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), en uno de los primeros puestos y con tan solo 16 años. Como recompensa, sus progenitores le obsequiaran un FIAT del año: la ex primera dama era uno de los pocos estudiantes que arribaba a la universidad en un auto propio y reluciente (Lévano, 1994, p. 26). Nuevamente, Susana Higuchi se ubica en las antípodas del cautiverio de la paria debido a que no se encuentra en un lugar marcado por la soledad ni por la desprotección extremas. Incluso, tuvo a su disposición recursos materiales y simbólicos para diferenciarse de sus compañeros de estudio. Ella recuerda su excepcionalidad en la Facultad de Ingeniería Civil de dicha casa de estudios de la siguiente manera: «Sí, éramos pocas chicas y muy engreídas, por supuesto. Éramos 3 mujeres contra 197 varones» (como se citó en Balbi, 1990, p. 16).21 En otros términos, las aulas de esa facultad estaban conformadas por menos de 19 Los nissei o nikkei de segunda generación en el Perú (es decir, los hijos de los primeros migrantes) llegaban, en mayor medida, a terminar la secundaria. En un estudio de carácter cuantitativo realizado en 1991, Amelia Morimoto señala que de un universo de 15 143 descendientes entrevistados solo 3 370 lograron obtener un grado de instrucción de nivel universitario; esto es, alrededor del 22% del total (como se citó en Morimoto, 1999, p. 162). Entre las nissei que llegaron a las aulas universitarias se encuentra Celsa Higuchi Miyagawa, hermana de la ex primera dama, quien asistió a la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. En esta casa de estudios, se graduó en 1969 con la tesis titulada Estructura y análisis estadísticos del comercio exterior del Perú: período 1945-1949. 20 Entre las carreras «femeninas» que identifica Maruja Barrig (2017, p. 67) se encuentran la enfermería, la decoración, el arte, entre otros. Previamente, Kate Millet (1969/2018, p. 99) elabora que la división entre asignaturas «femeninas» (letras y ciencias sociales) y «masculinas» (ciencias, tecnología, negocios, ingeniería) se sostiene en el patriarcado en vista de que supone una diferenciación innata en la personalidad de ambos sexos. 21 Según Gloria Valdivia, exdecana de la Facultad de Ingeniería Industrial y de Sistemas de la UNI, en la década del 70, las mujeres representaban apenas 5% del porcentaje total de estudiantes de este recinto universitario (como se citó en El Peruano, 2016). 24 6% de mujeres. Las palabras de la ex primera dama dan cuenta de un ascenso individual, acorde con el status quo. Wittig (1981/2010b, p. 41) lo calificaría como sin «conciencia de clase»; es decir, sin conciencia de la opresión y apropiación de las mujeres por parte de los hombres. Haber sido parte del reino del padre tiene sus concesiones y recompensas, así como sus límites. No se debe perturbar el orden capitalista y patriarcal, pues «corres el riesgo de caer» (Cixous, 1975/1995, p. 21); por ejemplo, en los márgenes donde es arrojada la paria (esto sería algo que Susana Higuchi sobreviviría años después). Durante su juventud, la existencia de Susana Higuchi transcurrió entre la reencauchadora y los salones de la UNI. No se involucró en la vida universitaria, ni a nivel político ni amical; es decir, no se le permitió transitar más allá del «mundo de las llantas» y de la esfera con la que este reino podría expandirse.22 Finalmente, la ex primera dama, entonces de 24 años, se recibió como bachiller en 1974 con una tesis sobre puentes colgantes triarticulados (Biblioteca Central de la Universidad Nacional de Ingeniería [UNI], s.f.).23 Su experiencia laboral, no obstante, aún se circunscribía a la reencauchadora del padre (que meses antes fue trasladada a un local más amplio en San Luis, Lima).24 Sus éxitos educativos hasta el momento fueron recompensados y sus metas lograron ser alcanzadas con el beneplácito de sus progenitores. Sin embargo, en ese mismo año, ella salió súbitamente del cautiverio en tanto hija del padre a través del matrimonio, lo que Simone de Beauvoir (1949/2020, p. 497) señala como el destino que la sociedad propone por tradición a la mujer. Como mencioné en la «Introducción», la ex primera dama fue una hija que supo obedecer, pero también disentir. Susana Higuchi, en tal sentido, siguió el «destino» que le correspondía: Incluso, en la actualidad, si bien las cifras se han incrementado, distan mucho de distinguirse por la equidad: en el 2019, solo el 15% de estudiantes de la UNI eran mujeres (Fernández, 2020). 22 La ex primera dama compartió que solo una vez, en su calidad de estudiante universitaria, fue parte de una protesta. Las medidas disciplinarias fueron ejecutadas por su familia en el acto. «Hubo una marcha cuando era “cachimba” y salimos de la UNI hacia el centro de Lima pidiendo más rentas. Cuando estaba por la avenida Tacna mi amiga me dice “coge la pancarta que se me está saliendo la media”. Yo vi el cartón y decía “más rentas”, no me parecía mal. En eso alguien me tira de las orejas. Era una tía que pasaba por ahí, me metió en un taxi y me llevó a mi casa» (Susana Higuchi, como se citó en Balbi, 1990, p. 16). 23 Al respecto, Jochamowitz (2018) manifiesta que Susana Higuchi concluyó sus estudios dos años antes de presentar la tesis de bachillerato: «En 1972 había terminado sus estudios y seguía trabajando con sus padres» (p. 219). 24 Sobre esta etapa de su vida, la ex primera dama comparte lo siguiente: «Yo trabajé en el taller de neumáticos de mi padre. Habían (sic) muchos chicos que daban vueltas, pero el que más me impresionó fue Alberto [Fujimori]» (como se citó en Balbi, 1990, p. 16). 25 a su manera, apropiándoselo al tomar la decisión radical de casarse con un hombre que no contó con la aprobación familiar. A sus 36 años, Alberto Fujimori comenzó a visitar a la hija menor de Koshiro Higuchi en la Reencauchadora El Sol.25 El expresidente era un ingeniero agrónomo que nunca ejerció su profesión; más bien, se dedicó a enseñar Matemática en la Universidad Nacional Agraria La Molina (UNALM). Cuando visitaba a Susana Higuchi, solía encontrarla detrás de la caja registradora (Jochamowitz, 2018, p. 219). Luego de 4 meses de noviazgo, se celebró la unión entre ambos.26 La familia de la ex primera dama no consintió el enlace: «Los conflictos comenzaron aun antes de ese feliz suceso [la boda], cuando los Higuchi, ricos en comparación con los Fujimori, desaprobaron el paso que la menor de sus hijas quería dar» (Caretas, 1994b, p. 76).27 Aun así, Susana Higuchi se casó. Su tránsito entre un singular cautiverio y otro estuvo gatillado por un matrimonio que subvirtió los efectos simbólicos, políticos y económicos que este vínculo produce, así como sus basamentos, dentro de una comunidad endogámica como la peruano-japonesa.28 Para comenzar, el matrimonio configura una salida legítima del cautiverio en tanto hija: las mujeres pasan de encontrarse bajo la sombra del padre a la del esposo, «su nuevo amo» (De Beauvoir, 1949/2020, p. 400). Por su parte, Gayle Rubin (1975/1986, pp. 138-140) sostiene que el matrimonio está ligado a ordenamientos económicos y políticos; por tanto, 25 Como se mencionó en líneas anteriores, Susana Higuchi contaba con 24 años y, por las fechas, quizás ya había obtenido o estaba por conseguir su bachillerado en Ingeniería Civil. Por otro lado, de acuerdo con Luis Aybar Cancho (quien conocía a la familia Higuchi-Miyagawa desde pequeño), Alberto Fujimori «se acercaba a la Reencauchadora ‘El Sol’ de la avenida México con un vehículo tipo Datsun de cuatro puertas, cuando llegaba a visitar a la señora Susana Higuchi» (como se citó en Cabral, 2017). Actualmente, Luis Aybar Cancho cumple desde el 2006 una condena de 15 años de prisión por el delito de tráfico de armas en beneficio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Este delito se concretó en 1999. Su hermano, José Luis, también recibió la misma sentencia. Vladimiro Montesinos, quien como jefe de facto del SIN fue quien facilitó la operación, obtuvo 20 años de condena (La República, 2006). 26 El matrimonio civil se celebró el 17 de julio de 1974; y el religioso, ocho días después. Acerca de este acontecimiento, hay dos versiones. Por un lado, Lévano (1994, p. 27) indica que la familia de Susana Higuchi no acudió a su boda. Por el otro, Sakuda (1999, p. 403) manifiesta que Koshiro Higuchi fue padrino del casamiento. Cabe indicar que ninguno de los periodistas precisa si se trató del matrimonio civil, religioso o ambos. 27 Sobre este punto, según Godoy (2021, p. 191), los Higuchi no realizaron obsequio monetario alguno a la pareja Fujimori-Higuchi por su casamiento, a pesar de tratarse de una tradición de la comunidad nikkei que la familia de la novia entregue capital económico para que los recién casados puedan emprender un negocio. 28 De acuerdo con Carreño (2019), la comunidad nikkei continúa preservando la práctica de la endogamia, la cual alcanza índices de 65%; además, indica que «el acto de contraer matrimonio aún es considerado un asunto a pactar dentro del núcleo familiar o cultural» (p. 45). 26 constituye una vía para la acumulación de riqueza. Se trata de una transacción que resultaría beneficiosa para suegro y yerno a costa de la hija que es entregada como esposa. Maruja Barrig (2017, p. 67) dilucida al respecto que la educación de las mujeres peruanas de clase media, durante las décadas del sesenta y del setenta, podía funcionar como valor agregado en el mercado matrimonial, como si se tratara de una especie de dote.29 Luego de lo expuesto, una hija con estudios en Ingeniería Civil funcionaría como una valiosa mercancía de «intercambio» y, si es que no se concreta el casamiento, puede operar como una sofisticada fuerza de trabajo. En ambos casos, el reino del padre («el mundo de las llantas») se halla proclive a ampliar sus fronteras. Susana Higuchi consiguió liberarse, mas no sin consecuencias, del cautiverio en tanto hija de un migrante japonés boyante. Mary Fukumoto (1997, p. 519) comparte que, dentro de la comunidad nikkei, la «pureza de sangre» se conseguía a través de matrimonios entre personas del mismo grupo. Ser parte del mismo grupo significa —desempaqueto— no solo ser descendiente de japoneses, sino también pertenecer al mismo estrato económico y ostentar el mismo origen geográfico (las nupcias solían contraerse entre hijos cuyos progenitores procedían de la misma prefectura o región nipona).30 Las familias Fujimori e Higuchi no eran del mismo grupo. Si bien los progenitores de Susana Higuchi y de Alberto Fujimori se conocían, por lo menos, desde la década del cincuenta (Jochamowitz, 2018, p. 218), las diferencias de riqueza y de origen conformaban una brecha casi insondable entre ambas proles. Naoichi Fujimori (¿1897 o 1899?-1971) y Mutsue Inomoto (¿1912 o 1913?-2009), padre y madre del expresidente, provenían de la prefectura de Kumamoto; los de Susana Higuchi 29 Décadas atrás, De Beauvoir (1949/2020, p. 498) ya había elaborado que, a través del matrimonio, la mujer (cuya libertad de elección siempre ha sido muy limitada) resulta entregada a determinados hombres por parte de otros varones, y que la dote o herencia la someten a su familia. 30 Incluso en la actualidad, la comunidad peruano-japonesa se organiza en kenjinkai, esto es, agrupación de descendientes japoneses que provienen de la misma prefectura (Asociación Peruano Japonesa, s.f.-b). En el Perú hay 26 kenjinkai. Mi familia, por ejemplo, es parte del Perú Kumamoto Kenjinkai debido a que mis bisabuelos y bisabuelas nacieron en Kumamoto. 27 —como mencioné en líneas anteriores—, de Fukuoka.31 Además, en la segunda década del siglo XX, Naoichi Fujimori comenzó su vida en el Perú como trabajador agrícola asalariado en la hacienda Paramonga (Sakuda, 1999, p. 368). Años después, llegó a ser propietario de una vulcanizadora en la Av. Grau (La Victoria, Lima), donde también se ubicó (si bien en un periodo diferente) la Reencauchadora El Sol (Jochamowitz, 2018, p. 76). No obstante, se trató de un emprendimiento que no contó con el mismo éxito.32 El padre del expresidente nunca logró mantener un establecimiento abierto por mucho tiempo, en consecuencia, tampoco consiguió cimentar las bases para que algún negocio suyo sea expandido por sus descendientes. Además, la familia Fujimori-Inomoto se mudaba con frecuencia de casa, y Naoichi Fujimori tuvo que desempeñar diferentes oficios para garantizar la supervivencia familiar (Jochamowitz, 2018; Sakuda, 1999).33 Por tales motivos, Alberto Fujimori, el hijo varón mayor (chonan en japonés), no representaba la mejor opción matrimonial para Susana Higuchi, dado que no tenía ningún reino que heredar de su progenitor.34 Susana Higuchi hizo tambalear el emporio paterno porque, al unirse con un hombre sin herencia, ya no funcionaría como mercancía de «intercambio» ni como una sofisticada fuerza de trabajo en la reencauchadora. Las medidas disciplinarias y de contención se desplegaron de manera inmediata. De acuerdo con Jochamowitz (2018, p. 223), la ex primera dama fue desheredada. En otras palabras, ella fue expulsada del «mundo de las llantas». Así, 31 Sobre la fecha de nacimiento de Naoichi Fujimori, hallé 2 datos diferentes. Sakuda (1999, p. 368) indica que el padre del expresidente nació en 1897; mientras que Jochamowitz (2018, p. 32), en 1899. La misma situación se presenta con la fecha de nacimiento de Mutsue Inomoto. Jochamowitz (2018, p. 46) señala que nació en 1912; mientras que, en una noticia sobre su fallecimiento, se precisa que vino el mundo el 17 de enero de 1913 (RPP, 2009). Finalmente, en las memorias del expresidente, se comparte que Naoichi Fujimori nació el 18 de diciembre de 1897 (Fujimori et al., 2021, p. 25). La información de la fecha de nacimiento de Matsue Inomoto permanece como una incógnita en dicha publicación. 32 Naoichi Fujimori fundó la vulcanizadora en la Av. Grau años antes de que Koshiro Higuchi inaugurase la reencauchadora. Aquella empresa sería su negocio más próspero. No obstante, el establecimiento —según Sakuda (1999, p. 370)—terminó siendo víctima de saqueo debido a los movimientos antijaponeses ocurridos en el Perú durante la Segunda Guerra Mundial y, posteriormente, en 1940, fue expropiada por el gobierno de Manuel Prado Ugarteche. En aquella época, circulaban discursos que indicaban que los migrantes japoneses escondían arsenales de guerra en sus hogares y establecimientos comerciales (Morimoto, 1999, p. 104). 33 Después de su experiencia como trabajador agrícola asalariado, Naoichi Fujimori (ya casado con Mutsue Inomoto) abrió su propia sastrería en Huacho; en otros términos, «de asalariado se había convertido en propietario» (Jochamowitz, 2018, p. 54). Luego se trasladó a Lima, donde abrió la vulcanizadora. Su ascenso se estancó debido a los saqueos de 1940. Nunca llegó a recuperarse. Según Sakuda (1999, p. 370), el padre del exmandatario también abrió una ferretería sin mucho éxito y, finalmente, inauguró la florería El Jardín El Golf en San Isidro en un local que alquiló a la madre de Pedro Pablo Kuczynski, expresidente del Perú (2016-2018). 34 El exmandatario tampoco recibió de su padre su apellido original. Naoichi Fujimori llegó al Perú con el apellido Minami: adoptó Fujimori años después, cuando regresó a Kumamoto (Japón) para casarse con Mutsue Inomoto y fue acogido por Kintarō Fujimori, líder local que acumuló fortuna en Hawái (Jochamowitz, 2018, pp. 44-47). 28 el reino del padre prevaleció incólume ante el arrebato de la hija menor. El destierro, provocado por su desaprobado matrimonio, constituyó la oportunidad para que Susana Higuchi emprenda sus propios proyectos, y acumule riqueza para sí y para la familia que conformó con el chonan de la prole Fujimori-Inomoto. Para ello, ostentaba capital simbólico previamente acumulado: experiencia laboral y estudios superiores. 35 Si bien los desajustes al dominio del padre acarrean consecuencias, también es posible extraerles ciertas utilidades si se sabe maniobrar. Y Susana Higuchi supo hacerlo. Como expondré en el siguiente capítulo, lejos de la sombra paterna, la ex primera dama pudo formar una familia, ejercer su carrera universitaria y fundar un reino empresarial. Koshiro Higuchi, por ende, sí llegó a eternizarse en su hija, aunque de una manera peculiar, en vista de que la menor lo emuló fuera de su dominio. A pesar de liberarse de forma abrupta del singular cautiverio en tanto hija, Susana Higuchi se salvó de caer en el cautiverio de la paria, precisamente, debido a que se casó con un hombre sin fortuna con el que pudo establecer un entorno donde se posicionó como la proveedora del hogar. Ella tuvo un lugar en el orden «legítimo» y «oficial» en tanto hija de un migrante japonés boyante, así como en tanto esposa de un hombre con aspiraciones políticas extraordinarias. 35 La exclusión del «mundo de las llantas» no fue permanente. Susana Higuchi, con el tiempo, pudo retornar a las reuniones del directorio de la Reencauchadora El Sol. Al respecto, Rolando Arturo comparte lo siguiente: «[S]í supe que fue desheredada, eso era una conversación cotidiana entre los trabajadores, pero también que fue perdonada, lo cual no incluía aceptar a Alberto [Fujimori] como parte de la familia» (comunicación personal, 4 de junio del 2020). Este perdón no implicó que Susana Higuchi sea reconocida formalmente como propietaria de la reencauchadora. 29 CAPÍTULO II UNA FAMILIA FUERA DE LO COMÚN Navarro: «Wendy sabe exactamente lo que quiere». Marty: «¿Y qué quiere?» Navarro: «Todo. Ella lo quiere todo» (Shiban & Dabis, 2020). Ozark (serie de televisión) En Una habitación propia, Virginia Woolf (1929/2020) dilucida que, por lo general, se cree que las mujeres son muy tranquilas; pero ellas también «necesitan ejercicio para sus facultades y campo para sus esfuerzos» (p. 90). Susana Shizuko Higuchi Miyagawa dejó de encontrarse definida por el significado de su nombre japonés (‘tranquilidad’ en español) al encabezar su propia empresa, donde desplegó sus conocimientos en Ingeniería Civil. El matrimonio con Alberto Fujimori configuró su vía de escape. Salió del encierro en tanto hija para entrar a otro, esta vez, en tanto esposa de un hombre y madre de sus hijos. Se trató del cautiverio más laxo en el que se encontró debido a que consiguió posicionarse como la proveedora del hogar por los recursos que generó. La ex primera dama explotó el capital simbólico acumulado en tanto hija (estudios superiores y experiencia laboral) cuando conformó una familia fuera de lo común: una que se caracterizó por estar constituida, en un primer momento, por un esposo sin herencia y por ella, una mujer desterrada del «mundo de las llantas». El matrimonio trajo beneficios para ambos: para Susana Higuchi, funcionó como plataforma para emprender legítimamente sus proyectos empresariales; para Alberto Fujimori, resultó conveniente para la consecución de sus propias ambiciones.36 Para comenzar, en tanto esposa de un hombre sin riqueza, pero concentrado en sus aspiraciones políticas, ella tenía el camino libre para crear un emporio y hacerse cargo del bienestar económico de la familia que conformó con el expresidente. Al poco tiempo de haber contraído nupcias (Bowen, 2000; Gasparini, 2002), Susana Higuchi fundó 36 Según Bowen (2000, p. 10), Alberto Fujimori ostentó ambiciones políticas desde mediados de la década del setenta. La celebración de su matrimonio (1974) con Susana Higuchi coincide con el surgimiento de ellas. 30 con su expareja Construcciones Fuji, una empresa de edificación y venta de casas, donde logró poner en práctica su profesión. Si bien se trató de un emprendimiento conjunto, Construcciones Fuji giró en torno a la ex primera dama; es más, fue una iniciativa suya (Godoy, 2021, p. 192; Jochamowitz, 2018, p. 220). El surgimiento de la compañía no fue sencillo, puesto que ella ya no contaba con el amparo económico del padre. Empecé empeñando mis cosas porque no me imaginaba a Susana sentada en un escritorio con un jefe. Comencé de cero y pude comprar la cuota inicial de un terrenito. Adquirí un material, construí un poquito. Cuando ya estaba sin dinero vino un señor y me dijo que necesitaba una casa como esa y que me pagaba por adelantado. Quería que se la entregara en tres meses. Así me fui metiendo. (Susana Higuchi, como se citó en Balbi, 1990, p. 16) La empresa prosperó gracias a sus no tan «naturales habilidades de compradora y vendedora» (Caretas, 1994b, p. 77). Recordemos que Susana Higuchi acumuló experiencia previa como fuerza de trabajo en la Reencauchadora El Sol. Como vemos, a pesar de haber sido apartada del «mundo de las llantas», capitalizó una pericia invaluable que funcionó como soporte para la gestación de Construcciones Fuji, con la que inició una venturosa travesía empresarial. Los estudios superiores de Susana Higuchi también fueron de utilidad para el expresidente. Casi 3 meses después de la celebración del matrimonio, un terremoto en Lima en octubre de 1974 destruyó los salones de la UNALM, donde él enseñaba. La catástrofe fue providencial para la carrera de Alberto Fujimori por el rectorado de esta universidad gracias a que dirigió la construcción de aulas prefabricadas y ganó, de esta manera, notoriedad en el campus (Jochamowitz, 2018, p. 225; Lévano, 1994, pp. 26-27). Susana Higuchi se involucró en las obras: ella fue quien desarrolló los planos (Bowen, 2000, p. 10). Incluso, escribió una 31 tesis al respecto para obtener el título en Ingeniería Civil.37 Federici (2004/2019, p. 153) elabora que la familia emergió como la institución más importante para la apropiación y ocultamiento del trabajo de las mujeres. Si bien, en la edificación de las aulas, la labor de Susana Higuchi fue apropiada por el exesposo, en Construcciones Fuji, ella se ubicó en la cúspide. La ex primera dama produjo recursos económicos con esta empresa, lo cual —como esbozaré en las siguientes líneas— tuvo sus efectos en las multiformes relaciones de poder que atravesaron la unión con el exgobernante. Tal como ocurrió durante su infancia y juventud, Susana Higuchi trabajó con dedicación, aunque esta vez, para la consolidación de su dominio constructor. Lejos de reproducir lo que Betty Friedan (1963/2020, p. 81) identifica como la mística de la feminidad (el modelo de vida de una ama de casa que hace todas las tareas del hogar a la perfección), la ex primera dama, en tanto esposa, también consiguió ir más allá de la esfera doméstica y del trabajo de cuidado enraizado a esta.38 «Todos los testimonios de esa época la recuerdan enfundada siempre en unos viejos jeans, calzada con gruesos botines, entregada desde muy temprano a los mil afanes de cada día» (Caretas, 1994b, p. 77). Sus esfuerzos rindieron sus frutos nuevamente. Como cabeza de Construcciones Fuji, consolidó la excepcionalidad de los Fujimori-Higuchi con respecto a la familia nuclear «clásica» en la sociedad peruana en general y dentro de la comunidad peruano-japonesa en particular; esto es, que el esposo se constituya como el proveedor (como Koshiro Higuchi), y la esposa, como la cuidadora del espacio doméstico y de quienes habitan en él.39 37 El título de la tesis es Estructura metálica para un sistema constructivo no convencional de aulas y fue publicada en 1976 de acuerdo con la página web de la Biblioteca Central de la UNI (s.f.). Ese mismo año, se incorporó al Colegio de Ingenieros del Perú (s.f.) según la web de esta institución. 38 bell hooks (1984/2004, pp. 33-35) ofrece una aguda crítica a la obra de Betty Friedan debido a que solo visibiliza el hartazgo de un grupo selecto de mujeres norteamericanas (amas de casa blancas, casadas, de clase media o alta y con educación universitaria) sin contemplar a otras (por ejemplo, a las que tendrían que ocuparse del trabajo de cuidados para que aquellas pudieran realizar sus aspiraciones profesiones). 39 Sobre este punto, Moromisato añade que en la comunidad nikkei, las mujeres eran encargadas de transmitir las costumbres y valores japoneses en el núcleo familiar (2020, p. 30). Acerca de las labores del hogar, Fukumoto (1997) brinda las siguientes luces: «Entre las issei y nissei mayores, para realizar las labores del hogar es frecuente el uso de un tipo de mandil muy común en el Japón, conocido como epuron, término japonizado del inglés apron (delantal)» (p. 450). Por otro lado, no se niega que otras mujeres nikkei hayan laborado fuera del espacio doméstico (como trabajadoras agrícolas en las haciendas azucareras o ayudando en los establecimientos de sus esposos o ejerciendo sus profesiones). La peculiaridad de Susana Higuchi reside en que fue propietaria de una empresa constructora que giró en torno a ella (como la administradora, como la ingeniera a cargo de las obras, como la contadora responsable de los registros y cuentas). 32 Esta división sexual del trabajo entre los integrantes de un matrimonio se encuentra estipulada como si se tratara de un contrato —según Carole Pateman (1988/1995, p. 179)— marcado por la subordinación de las mujeres por los servicios que brindan bajo el mandato de los esposos, así como por su confinamiento al espacio doméstico.40 Este «pacto» o, mejor dicho, cautiverio no es absoluto.41 Por el contrario, se encuentra sujeto a un potencial resquebrajamiento debido a las relaciones de poder que a traviesan los vínculos entre un hombre y una mujer dentro de una familia, cuyo suelo siempre es movedizo y concreto (Foucault, 1977/1979, p. 157); es decir, sujeto al mantenimiento y a la transformación por lo que sus integrantes hacen o producen. Susana Higuchi aplacó el estricto cautiverio en tanto esposa de un hombre y madre de sus hijos al constituirse como la proveedora del hogar gracias a su emprendimiento constructor. Como manifiesta Federici (1975/2018, p. 39), las mujeres siempre han encontrado maneras para rebelarse o responder, aunque de manera privada y aislada. La ex primera dama supo resistir y maniobrar: los recursos que generó sirvieron como fundamento para reordenar la estructura familiar. De esta forma, ella se salvó de caer en el cautiverio de la paria a pesar de no ejercer tan solo el rol económico no remunerado de ama de casa dependiente que históricamente se asigna a las mujeres. Susana Higuchi dispuso de un lugar medular dentro de la familia fuera de lo común que compuso con Alberto Fujimori y que contó, hasta cierto punto, con su conformidad. Como adelanté en líneas anteriores, a diferencia de la ex primera dama, la atención del expresidente no se encontraba enfocada en perseguir logros económicos, sino en su carrera política dentro de la UNALM. Alberto Fujimori postuló al vicerrectorado de esta universidad en 1977.42 Para ese entonces, producto de su matrimonio con Susana Higuchi, él ya era un hombre casado, con dos hijos (Keiko Sofía y Hiro Alberto), dueño de una empresa 40 Amaia Pérez (2017) añade que esta división sexual del trabajo aún es muy resistente y sirve como base del Estado de bienestar: el derecho a la recepción de cuidados en situación de dependencia constituye su pilar invisible, que ha sido silenciosamente ejecutado por las mujeres dentro de los hogares europeos sin, por lo general, recibir remuneración alguna. 41 Para Lagarde (2005), todas las mujeres son madresposas más allá de si tienen esposos o hijos; puesto que se encuentran definidas desde su nacimiento por la conyugalidad y la maternidad: viven «de acuerdo con las normas que expresan su ser para y de otros» (p. 363). 42 En las elecciones universitarias de este periodo, el rector y el vicerrector eran elegidos por separado en la Asamblea de los Delegados de Docentes (Murakami, 2018, p. 200). 33 constructora, así como un catedrático conocido en el campus por las aulas prefabricadas antes mencionadas. No ganó por su falta de pericia en la política universitaria: fue traicionado en la última etapa de estas elecciones por el candidato a rector, su aliado electoral (Murakami, 2018: 200). Después de esta derrota, el exmandatario se refugió silenciosamente en la docencia, así como en el próspero negocio encabezado por su exesposa. Fue él quien se acopló a la iniciativa empresarial de Susana Higuchi, llegándose a convertir en un «constructor de casas» (Jochamowitz, 2018, p. 220), casi a tiempo completo.43 A inicios de la década del ochenta, la pareja Fujimori-Higuchi fundó la Academia Wisconsin; sin embargo, así como en Construcciones Fuji, este centro educativo fue manejado sobre todo por ella.44 Las ganancias de la ex primera dama le permitieron aportar en mayor medida al presupuesto familiar en vista de que los ingresos del expresidente como catedrático de una universidad pública eran ínfimos en comparación a los que Susana Higuchi generaba gracias a sus conquistas empresariales.45 Incluso le abrió una cuenta bancaria al exmandatario para sus gastos personales (Gasparini, 2002, p. 199). Vale comentar que esta familia fuera de lo común no debería generar tanta sorpresa. Iris Young (1981, p. 55) señala que no todas las mujeres de una sociedad tienen la misma situación: más bien, en la mayoría de las sociedades, las actividades que ellas realizan varían, llegando a poder ocupar diferentes posiciones. El trabajo y los recursos que la ex primera dama produjo la ubicaron efectivamente en un lugar central no solo dentro de la familia que conformó con Alberto Fujimori, sino también en las empresas que logró constituir con (y a través de) él.46 Este margen de maniobrabilidad dentro 43 Según Jochamowitz (2018, p. 251), en el periodo 1980-1982, Alberto Fujimori solicitó varias licencias sin goce de haber en la UNALM para concentrarse en Construcciones Fuji. 44 Para Jochamowitz (2018), Susana Higuchi y Alberto Fujimori compartían la dirección de la Academia; no obstante, ella «era la persona que en verdad estaba a cargo del nuevo negocio» (p. 276). Entre las labores compartidas se encuentra la corrección de exámenes. Al respecto, la ex primera dama recuerda lo siguiente: «“[…] por aquella época lo compartíamos todo, incluso corregíamos exámenes juntos hasta las 3 de la mañana metidos en la cama”» (como se citó en Gasparini, 2002, p. 200). 45 Sobre este punto, Susana Higuchi compartió en 1982 lo siguiente con un colega de su exesposo (también profesor de la UNALM): «Yo ya le he dicho a Alberto que pierde su tiempo con esos sueldos ridículos. ¿Qué hace allí?» (como se citó en Jochamowitz, 2018, p. 251). El «sueldo ridículo» que ganaba el expresidente como catedrático de la UNALM en las décadas del setenta y ochenta era —según Jochamowitz (2018, pp. 238-239)— de alrededor de 600 dólares. 46 Las denominaciones de las empresas del matrimonio Fujimori-Higuchi (Construcciones Fuji y la Academia Wisconsin) evocan al exmandatario (bien por semejanza fonética, bien por tratarse del nombre de la universidad donde él llevó estudios de posgrado en EE. UU.). Esto podría llevar a la conclusión de que ambos emprendimientos giraban tan solo en torno de Alberto Fujimori. Se trató, más bien, de una especie de concesión; pues la figura central en las dos empresas, gracias a su trabajo y generación de ingresos, fue Susana Higuchi. Simone de Beauvoir brinda luces al respecto: «El matrimonio es, pues, para ambos cónyuges una carga y un beneficio, pero no existe simetría en las situaciones; para las muchachas, el matrimonio es la única forma de verse integradas en la sociedad (…)» (1949/2020, p. 499). En tal sentido, a nivel simbólico y a través de denominaciones que apuntaban 34 del singular cautiverio en tanto esposa ostentó un basamento económico protagonizado por Susana Higuchi; pero, simultáneamente, requirió de concesiones por parte del exesposo: él le permitió destacar y desenvolverse laboralmente a pesar del peso de la «tradición», materializada en la familia nuclear «clásica» bosquejada en líneas anteriores. Fue la época en la que ELLA deslumbró más. La penumbra del cautiverio de la paria no se asomaba en ese entonces: aún era necesaria para ÉL. La ex primera dama recordaría esta etapa de «armonía y de gran esfuerzo compartido» (Bowen, 2000, p. 10) durante la campaña electoral de 1990 de la siguiente manera: «Mira, yo extraño al esposo profesor que me brindaba su apoyo y que me engreía. Ahora yo lo tengo que engreír y enamorar. ¡Imagínate!» (como se citó en Balbi, 1990, p. 15).47 Años después, detallaría su trayectoria empresarial de la siguiente forma: «[S]oy ingeniera, tengo una constructora, una academia preuniversitaria, una agencia de corretaje, soy muy activa, me gusta trabajar» (como se citó en Valenzuela, 1994, p. 12).48 El ascenso económico que Susana Higuchi presidió en las décadas del setenta y del ochenta no se vio alterado en gran medida por la maternidad a pesar del trabajo de cuidados que acarrea y que por «naturaleza» se le adjudica solo a las mujeres, atándolas —como contempla Amaia Pérez (2017, p. 130)— a la al esposo, los negocios de la ex primera dama, una mujer nikkei de segunda generación, pudieron integrarse y crecer dentro una sociedad de índole patriarcal como la peruana. 47 Aunque Susana Higuchi haya sido apartada de la Reencauchadora El Sol debido a su matrimonio con Alberto Fujimori, esto no implicó que no se le haya perdonado y permitido por lo menos asistir a las reuniones del directorio (véase nota N.° 35). Al respecto, Rolando Arturo, extrabajador de este negocio de neumáticos, recuerda que Alberto Fujimori no era parte de esas sesiones. Sus colegas en la reencauchadora lo identificaban como «chinito sacolargo» (comunicación personal, 4 de junio del 2020). Sobre el periodo de «armonía» en el matrimonio Fujimori-Higuchi, Rolando Arturo rememora lo siguiente: «[U]n día sábado por la tarde, llegaron como siempre Alberto [Fujimori] y Susana [Higuchi], ella subió al segundo piso donde la esperaban su familia y otras personas para la reunión respectiva (…) // [Alberto Fujimori] se encontraba paseando cual gato enjaulado y con las manos atrás de un lado a otro // como te digo, era poco más que el chofer de la señora Susana // en un momento él miró hacia arriba, la oficina era totalmente de vidrio y se podía ver todo sin problemas, y quedó mirando fijamente a Susana, haciéndole un ademán con los hombros como diciéndole “ya pues!” // en eso ella abrió la ventana de su lado y le gritó delante de su familia y todos los trabajadores // “si quieres lárgate, lárgate, yo veré cómo me voy, ya me cansé de verte” (…) // luego de esos gritos ella le lanzó las llaves del carro y pudimos ver la cara de vergüenza de ese hombre, todos estaban indignados por el maltrato (…) Todos decían que ella lo mantenía y que por eso él aceptaba los maltratos» (comunicación personal, 4 de junio del 2020). 48 La fortuna llegó a tal punto que la ex primera dama le habría ofrecido ayuda económica a Santiago Fujimori (hermano del expresidente) para que termine de construir su casa (Caretas, 1994c, p. 29). Esta propuesta sellaría el distanciamiento entre ambos. 35 esfera doméstica e impidiéndoles insertarse en el mercado laboral en las mismas condiciones que los hombres (tal como sobrellevan muchas mujeres en el Perú de hoy).49 Los descendientes de los Fujimori-Higuchi nacieron conforme las arcas familiares se fueron expandiendo: los ya mencionados Keiko Sofía en 1975 y Hiro Alberto en 1976, y los menores Sachi Marcela en 1979 y Kenji Gerardo en 1980. Si bien es cierto que existen diversas y ambivalentes maneras de vivir la maternidad (Badinter, 2010/2017; Donath, 2016), resulta muy improbable que Susana Higuchi haya podido articular a la perfección y sin ayuda de nadie el ejercicio de su carrera universitaria y la administración de sus empresas con el trabajo de cuidados al tener 4 pequeños en casa.50 Las madres que pueden hacerlo todo, en realidad, no existen.51 Como bien esclarece Jacqueline Rose (2018), las madres «nunca son lo que parecen, o lo que se supone que deben ser» (p. 30). Lo que puedo distinguir es que Susana Higuchi no experimentó la maternidad como se espera por «tradición»: no vivió devota ni totalmente entregada al cuidado de sus hijos ni de su exesposo ni tampoco antepuso los intereses de ellos sobre los suyos. Dicho de otra manera, la maternidad no anuló su empeño por constituir su propio reino empresarial, con el que pudo sostener con cierta holgura a su familia.52 Los hijos, 49 En el Perú, las mujeres continúan encontrándose con techos de cristal que dificultan su desarrollo laboral, debido a las responsabilidades en casa que se les adjudican solo a ellas y a la violencia que se ejerce en su contra (Miró Quesada & Ñopo, 2022, pp. 40-44). 50 Luego de la exploración bibliográfica realizada, no he podido determinar con seguridad cómo Susana Higuchi logró compaginar su trabajo empresarial con la labor en casa, sobre todo considerando que los 4 hijos que tuvo con Alberto Fujimori nacieron de manera casi sucesiva. ¿Cómo se distribuyó el trabajo de cuidados en el hogar Fujimori-Higuchi? ¿Alguien más asumió el trabajo de cuidados en este entorno? Son preguntas importantes, puesto que se debe tomar en cuenta que el trabajo de cuidados contribuye a la reproducción de la fuerza de trabajo; es decir, sin él no habría trabajadores disponibles para el capital (Rodríguez, 2015, p. 36). Durante su matrimonio, Susana Higuchi y Alberto Fujimori trabajaron fuera del hogar: él principalmente en la UNALM; ella, en la constructora y en la academia Wisconsin. Al parecer, distribuyeron las responsabilidades en casa: «Es que con Alberto [Fujimori] compartimos las labores del hogar. Por ejemplo, yo lavo los platos y él los seca, o cocinamos juntos, hacemos trabajo en común, de paso que aprovechamos para intercambiar ideas» (Susana Higuchi, como se citó en Balbi, 1990, p. 16). En una foto familiar publicada durante la campaña electoral de 1990, aparece Alberto Fujimori, Susana Higuchi, los 4 hijos y Mutsue Inomoto, madre del expresidente (véase Balbi, 1990, p. 16; véase La República, 1990a, p. 13). Sobre Mutsue Inomoto, la ex primera dama indica lo siguiente: «Mira, cuando el trabajo se hace en equipo, con alegría, no cansa. Además, hacemos rotación de trabajo, una veces (sic) cocina mi suegra, mi hija mayor [Keiko Fujimori Higuchi], Alberto [Fujimori], o yo» (como se citó en Balbi, 1990, p. 16). Por su parte, Godoy (2021, p. 192) indica que Alberto Fujimori se encargaba de la mayor parte de las labores del hogar. Esta distribución del trabajo le habría permitido a la ex primera dama trascender la esfera doméstica y consolidar su reino empresarial. El condicional lo utilizo debido a que, en sus memorias, el expresidente desliza el trabajo de cuidados ejecutado por otras mujeres en casa: «Con la incorporación del nuevo miembro en la familia [Sachi Marcela Fujimori Higuchi, la tercera de sus cuatro hijos], la nana Isabel no se daba abasto ni aun con la ayuda entusiasta de la abuela, por lo que al equipo de cuidado de los pequeños se sumó Rosa, una señora de origen afroperuano cuyos antepasados habían trabajado como esclavos en las haciendas algodoneras del sur del país» (Fujimori et. al., 2021, p. 167). Ni Isabel ni Rosa ni el trabajo de cuidados que realizaron en el hogar Fujimori-Higuchi son compartidos en las entrevistas a la ex primera dama, sostenidas en el periodo electoral de 1990. Precisamente, el silencio que envuelve el trabajo de cuidados lo invisibiliza hasta darlo por descontado. Este trabajo invisible, reproducido por otras mujeres, le habría permitido a Susana Higuchi poder producir ingresos económicos más allá de la esfera doméstica. 51 Angela McRobbie (2013) trabaja la intensificación neoliberal de lo materno, imaginario hecho a la medida de las mujeres blancas de clase media, supuestamente capaces de gestionar el hogar sin disminuir su alto rendimiento en la esfera laboral. 52 Para 1990, la familia Fujimori-Higuchi se encontraba asentada en una casa en Monterrico (Santiago de Surco, Lima), zona de clase media-alta. En una entrevista electoral, la casa es descrita de la siguiente manera: «No es una casa opulenta. Es una casa 36 finalmente, supieron reconocer quién era la figura proveedora del hogar: no le pedían propina al padre, sino a la madre (Jochamowitz, 2002, p. 70). Este peculiar cautiverio en tanto esposa y madre comenzó un proceso de desmoronamiento cuando Alberto Fujimori empezó a acumular capital simbólico para sí mismo. El exesposo de Susana Higuchi ganó —«[c]ontra todos los vaticinios» (Murakami, 2018, p. 202)— el rectorado de la UNALM en 1984.53 Este acontecimiento marcaría su exponencial ascenso político y constituyó un punto de inflexión sobre la pareja: «[L]a rectoría significó para él un relanzamiento que oscuramente prefiguraba sus planes futuros, mientras que para ella pudo significar el fin de los mejores años» (Caretas, 1994b, p. 77). Nada volvería a ser igual entre ambos. La ex primera dama nunca se entusiasmó con los proyectos políticos de su expareja en vista de que ella era responsable de que el presupuesto familiar no se viera afectado por inversiones inseguras (Jochamowitz, 2018, p. 294). Sin embargo, así como Susana Higuchi gozó de un margen de maniobrabilidad para aplacar el cautiverio en tanto esposa y madre gracias a las ganancias que produjo, Alberto Fujimori fue generando recursos simbólicos que funcionaron para desajustar de manera paulatina la familia fuera de lo común que conformó con ella. Como manifiesta Michel Foucault (1976/2002), «donde hay poder hay resistencia […] ésta nunca está en posición de exterioridad respecto del poder» (p. 116). Este principio operó nuevamente en las dinámicas relaciones de poder que atravesaron la estructura familiar de los Fujimori-Higuchi. La consecución del rectorado marcó un punto de partida crucial para erosionar la etapa de «armonía» conyugal que encumbró a la ex primera dama por años. Además del rectorado, Alberto Fujimori presidió la Asamblea Nacional de Rectores en 1987. Para finales de 1988, ya contemplaba la posibilidad de postular a la presidencia de la más bien austera, cómoda, que deja la sensación de desorden» (La República, 1990a, p. 12). Además, los hijos del matrimonio estudiaron en el colegio privado Sagrados Corazones Recoleta (La Molina, Lima), dirigido al sector socioeconómico de clase media-alta. 53 Alberto Fujimori dejó de solicitar licencias sin goce de haber en la UNALM en 1983, cuando se enfocó en las elecciones por el rectorado de esta casa de estudios (Jochamowitz, 2018, p. 252). 37 República en 1990 (Bowen, 2000, p. 13). No obstante, el ascenso político protagonizado por el expresidente no se ensambló con el progreso económico propulsado por Susana Higuchi, quien calculaba que él ganaría las elecciones «en el año 2,050» (como se citó en Balbi, 1990, p. 15). Cada uno se encontraba enfocado en la acumulación de recursos: ella en los económicos y él en los simbólicos. El desgaste del vínculo amoroso fue el costo —detecto— que la ex primera dama pagó por aplacar el estricto cautiverio en tanto esposa y madre: por no ubicarse bajo la sombra del padre de sus hijos, por no permanecer dentro de las paredes del hogar, por no entregarse en silencio a su sacrificado cuidado, y por no sujetarse a sus designios y ambiciones, sobre todo, cuando él comenzó a volverlas realidad.54 El distanciamiento entre ambos llegó a tal punto que para finales de la década del ochenta el matrimonio Fujimori-Higuchi vivía bajo la fórmula del katenai-rikon; es decir, separados, pero habitando en la misma residencia (Bowen, 2000, p. 19; Caretas, 1992, p. 15 y 1994b, p. 77 ; Gasparini, 2002, p. 200; Jochamowitz, 2018, p. 221; Ragas, 2022, p. 63). Este alejamiento no impidió que ella se involucrase de manera activa en la campaña presidencial de 1990, que su exesposo se encontraba disputando con el partido político Cambio 90. «Yo organizaba todo, preparaba todo. Alberto [Fujimori] era el Maradona, el que hacía los goles» (Susana Higuchi, como se citó en La República 1990a, p. 13).55 De esta manera, ante la cercanía del poder estatal, la voz de Susana Higuchi comenzó a circular en la esfera pública: por él y hablando, principalmente, acerca de él. Las causas de la aparente reconciliación las desconozco. Lo que sí puedo afirmar es que la singularidad del cautiverio en tanto esposa y madre esbozada a lo largo de este capítulo no fue lo que se proyectó bajo los flashes de los 54 Como bien indica Clara Coria (2001), los costos son inevitables y de diversa índole en vista de que cada elección que los sujetos toman implica una renuncia, «de otras posibilidades, de otros riesgos, de otros beneficios, de otras inquietudes, de otros azares, de otras aventuras, de otros confortes, de otras ilusiones, de otras conveniencias» (p. 35). Ahora, podemos complejizar este punto aún más. Ubicarse apaciguadamente dentro del cautiverio en tanto esposa puede conllevar otros costos para las mujeres en sociedades patriarcales, tales como la pérdida de autonomía económica, la postergación del ejercicio profesional y un ceder constante y que en apariencia no cuesta nada, entre otros. 55 Según Bowen (2000, p. 19), Máximo San Román (quien acompañó a Alberto Fujimori en la plancha presidencial de 1990) recuerda que, a finales de 1989, Susana Higuchi no tenía idea alguna de las aspiraciones políticas de su entonces esposo: al parecer, ni siquiera tenía conocimiento del registro oficial de Cambio 90 (en octubre de 1989, días antes de la fecha límite) como partido político habilitado para competir en el proceso electoral de 1990. Mario Vargas Llosa (1993) también da cuenta de la falta de comunicación entre el matrimonio Fujimori-Higuchi: «[Alberto Fujimori] Me preguntó si esta decisión [renunciar a la candidatura presidencial luego de los resultados de la primera vuelta electoral] la había tomado yo solo o consultándola con alguien. Porque, me aseguró, todas las decisiones importantes él las tomaba siempre en completa soledad, sin discutirlas ni siquiera con su mujer» (p. 478). 38 medios de comunicación. La preeminencia de la ex primera dama en la urdimbre familiar fue borrada a nivel mediático: la pareja fue presentada como «el ingeniero Fujimori y su esposa Susana» (La República, 1990b, p. 5). Mucho menos, en ese entonces, hubo rastro alguno del katenai-rikon en los diarios. La prensa capitalina comenzó a entrevistar a Susana Higuchi a partir de la primera vuelta electoral (8 de abril de 1990), en su calidad de potencial primera dama de la nación al estar casada con el candidato presidencial, quien —como si se tratara de un tsunami— sorpresivamente llegó a la segunda instancia de sufragio electoral con el célebre escritor Mario Vargas Llosa como contendor. La imagen que la ex primera dama reprodujo de Alberto Fujimori lo presentaba como el hombre ideal: [U]n hombre completo, muy equilibrado. Él es muy amoroso, colaborador, hábil e inteligente. No creas que estoy teniendo una pose electorera, es que él es tan capaz que en varias ocasiones yo me he sentido disminuida. Hasta en la cocina lo es. Muchas veces yo me rompía la cabeza pensando qué hacer y él sabía lo que había en la refrigeradora y lo que podíamos preparar con eso. O cuando íbamos al mercado él sabía cuál era la buena época y el buen precio de las cosas. Hacíamos platos en base a esos productos. Sabe optimizar. (Susana Higuchi, como se citó en Balbi 1990, p. 17) De acuerdo con R. W. Connell (1995/2003), la masculinidad «es un lugar en las relaciones de género, en las prácticas a través de las cuales los hombres y las mujeres ocupan un lugar en ese espacio en el género, y en los efectos de dichas prácticas en la experiencia corporal, la personalidad y la cultura» (p. 109). Dicho de otra forma, la masculinidad no es una categoría fija ni ahistórica, sino siempre dinámica y relacional: es una práctica que puede configurarse de diversas maneras (unas más hegemónicas que otras). El modelo de masculinidad hegemónica que bosqueja Susana Higuchi en el extracto reproduce una forma socialmente aceptada de (de)mostrar ser hombre en la esfera política (mucho más si postula a la presidencia de la República): heterosexual, buen jefe (del hogar), y capaz de tomar decisiones con responsabilidad (incluso mejor que su pareja). De ahí que haya ostentado un 39 lugar preponderante durante la campaña electoral. Solo ella, en tanto esposa, podía dar cuenta legítimamente al electorado de los tres valores señalados. La prensa constituye una institución ideológica efectiva porque brinda un cariz de verdad a una representación de la realidad que siempre se produce desde un ángulo determinado (Fowler, 1991, p. 10). En tal sentido, Susana Higuchi es la primera mujer (des)leal del fujimorato porque contribuyó a tejer a nivel mediático un velo esencial para cualquier sujeto que busque sentarse en el sillón presidencial y hacerse cargo de la nación: el de una compacta familia «clásica», encabezada por el hombre ideal. Sus traiciones remecieron el gobierno de su exesposo un par de años después. Mientras tanto, durante la campaña electoral de 1990, lo complementó como una esposa sin igual: «porque domino cualquier campo, y en cualquier campo me desenvuelvo bien» (Susana Higuchi, como se citó en La República 1990c, p. 3). La participación mediática de Susana Higuchi comprende tareas, que —a la luz de lo propuesto por Federici (1975/2018, p. 43)— funcionan como extensiones de la labor de una ama de casa en vista de que se destacan por el servicio a otros. Para empezar, acompañó a su exesposo a votar en la primera vuelta electoral (véase La República, 1990d, p. 13); además, posó sonriente a su lado, a la vista del público y de las cámaras, en los mítines de Canto Grande (véase La República, 1990b, pp. 4-5) y de Villa El Salvador (véase La República, 1990e, pp. 4- 5). También, repartió regalos por el Día de la Madre a los periodistas apostados afuera de su domicilio (véase La República, 1990f, p. 4); y, junto con su expareja, recibió en su hogar al embajador de Japón, a quien le brindó arrodillada la tradicional ceremonia del té nipona (véase La República, 1990g, p. 4). ELLA, la compañera, el personaje secundario de una historia mil veces contada donde ÉL siempre sale victorioso. ¿Qué cautiverio les espera a aquellas que se salen del cuento? 40 Es más, la ex primera dama se desenvolvió como la incondicional esposa de Alberto Fujimori cuando tuvo que excusarlo por no asistir a la conferencia de prensa en el Hotel Crillón (Cercado de Lima), donde iba a presentar su plan de gobierno (16 de abril de 1990). En medio de periodistas nacionales, corresponsales extranjeros y micrófonos por doquier, anunció lo siguiente: Vengo en representación de mi esposo para pedirles disculpas por su ausencia en esta reunión, pues se debe a razones de fuerza mayor. (…) Se intoxicó porque comió bacalao en Semana Santa (…) le han salido ronchas en el rostro (…). Conozco a mi esposo lo suficiente, para decirle que es un hombre de una sola palabra. Y que tiene el valor suficiente para venir a aclararles la verdadera situación que lo ha obligado a suspender esta conferencia de prensa (…). (Susana Higuchi, como se citó en La República, 1990h, pp. 2-3) Este despliegue mediático se ubica en las antípodas del acompañamiento a regañadientes que ella sostuvo durante la travesía político-universitaria en la que el exmandatario se embarcó en años previos. Por el contrario, ante las cámaras, Susana Higuchi ejecutó a cabalidad el papel de género —lo que Marta Lamas (1996) define como «el conjunto de normas y prescripciones que dictan la sociedad y la cultura sobre el comportamiento femenino y masculino» (p. 114)— que le correspondía por «tradición». En otras palabras, resguardó al padre de sus hijos tal como se espera de una esposa: apoyándolo, a pesar de todo, con ahínco, incluso en su ausencia.56 El soporte que brindó Susana Higuchi al matrimonio que conformó con Alberto Fujimori dejó de ser necesario cuando Vladimiro Montesinos se entrometió en la esfera familiar al proporcionar servicios de diversa índole. El exjefe de facto del SIN comenzó a formar parte de las vidas de los Fujimori-Higuchi desde la campaña presidencial de 1990, 56 Más de veinte años después, Susana Higuchi recordaría en una entrevista el apoyo que le brindó a su exesposo (al excusarlo por no poder asistir a la conferencia de prensa por una intoxicación por consumo de bacalao) de la siguiente manera: «¿El bacalao? No sé. Yo tal vez haya pecado de ingenua; pero en esos momentos yo pensé que era: para mí siempre fue una verdad» (Susana Higuchi, como se citó en No culpes a la noche, 2012a, 10m59s). 41 cuando «resolvió» con celeridad una acusación por fraude tributario en los manejos empresariales dentro de Construcciones Fuji (Bowen, 2000, p. 63). A nivel mediático y judicial, la denuncia apuntó directamente a Alberto Fujimori (véase El Comercio, 1990a, p. A1; La República, 1990i, p. 4). Volverse el foco de atención de la prensa incluye escollos imprevistos, sobre todo para un candidato a la presidencia que se mostraba como el hombre ideal. No es tan sencillo mantener este modelo de masculinidad hegemónica en la esfera pública. Se requiere, entre otras cosas, de voces y de silencios que lo sustenten. Como expuse en líneas anteriores, quien estaba en realidad al mando de Construcciones Fuji era la ex primera dama, por tanto, sería la verdadera responsable de la supuesta defraudación tributaria: «[E]lla había metido al ingeniero en ese lío» (Jochamowitz, 2002, p. 57).57 Sin embargo, sobre este punto, Susana Higuchi guardó silencio. Su voz no circuló en los diarios para responder por la acusación: de hacerlo, hubiera revelado que quien era la proveedora del hogar, al liderar la empresa familiar, era ella. El cautiverio en tanto esposa y madre puede ser aplacado, pero entre sus concesiones no se encuentra que la familia fuera de lo común sea objeto de escrutinio público a través del lente mediático, mucho menos cuando lo que está en juego es la conquista del sillón presidencial por parte del hombre ideal. Este armazón simbólico también se alimentó de la honradez, tecnología y trabajo que el entonces candidato exudó ante los reflectores, sentado sobre un tractor: el famoso fujimóvil (véase Bowen, 2000, p. 31). La austeridad de su campaña —en comparación con la efectuada por Mario Vargas Llosa y la coalición que lideró, el Frente Democrático (FREDEMO)— coadyuvaron a potenciar el despliegue de luces y de sombras a través del cual Alberto Fujimori era constituido como el sujeto calificado para liderar una nación diezmada y empobrecida por las crisis de índole económico, político y social. Como vemos, durante el periodo electoral, el exmandatario ejecutó un estratégico trabajo simbólico que requirió de Susana Higuchi como 57 Mario Vargas Llosa (1993) ilustra la acusación por defraudación tributaria de la siguiente forma: «Por lo pronto, el candidato de los pobres no era nada pobre y disfrutaba de un patrimonio considerablemente más sólido que el mío, a juzgar por las decenas de casas y edificios que poseía, había comprado, vendido y revendido, en los últimos años, en distintos barrios de Lima, subvaluando sus precios en el registro de propiedad para reducir el pago de impuestos, como mostró el diputado independiente Fernando Olivera (…)» (p. 509). Como vemos, así como en los medios, no hay ningún rastro de Susana Higuchi en las memorias del escritor sobre el manejo de Construcciones Fuji. 42 elemento indispensable. «Toda mujer es un medio. Lo comprendo perfectamente» (Cixous, 1975/1995, p. 32). Yo también lo hago: la desolación del cautiverio de la paria se asomó precisamente cuando ella se cansó de hablar y de callar para encumbrarlo. Alberto Fujimori ganó los comicios presidenciales, en segunda vuelta, el domingo 10 de junio de 1990 con más del 50% de la votación. Su hija mayor, Keiko Sofía, fue quien le dio el flash electoral: «Ella fue la que anunció que en los programas de televisión estaban diciendo que ya estaba adelante» (Alberto Fujimori, como se citó en Caycho & Silva Navarrete, 1991, p. 15). Gracias al operativo de neutralización realizado, Susana Higuchi calificó a Vladimiro Montesinos como «“el hombre más inteligente que he conocido”» (como se citó en Bowen, 2000, p. 64). Aquél sería el primero de incontables (e ilegales) «servicios» que este brindaría para asegurar el arribo y el mantenimiento de Alberto Fujimori en la cúspide del poder estatal. Como mandatario de la nación, ya no necesitaba de los recursos económicos que su exesposa producía para dedicarse a alcanzar sus objetivos. Su principal asesor le brindaba —sin regañadientes— información, seguridad, compañía y complicidades a caudales (entre ellas, el presunto consumo de cocaína).58 Jochamowitz (2002) manifiesta acerca del exjefe de facto del 58 Agradezco a Marita Hamman por comentarme en una conversación este muy desapercibido detalle, que guardaba en su memoria a pesar del paso de los años. En efecto, la ex primera dama (HIG) compartió, en una entrevista realizada por Jaime Bayly (BAY) en el 2001 (luego de la caída del régimen), lo siguiente (como se citó en redyzcosmo, 2011, 0m10s): 1. HIG: [Alberto Fujimori] Se tomaba whisky puro con hielo en el lapso de una hora. Entonces, yo le quedaba mirando porque él no tomaba. Y luego me dice «acompáñame, llévame al servicio», todo mareado. Entonces, lo bañaba todo. Me decía «ahora sí déjame solo». Salía del servicio higiénico 2. BAY: ¿Tú lo bañabas a él?, perdón. O sea, estaba tan mareado que tú lo tenías que bañar. HIG: Claro, entonces, eh, al cabo de 5 minutos salía todo aperfumado (sic), bien enternado (sic), y me decía «sabes qué Susy, me voy al SIN». Por qué salía tan 3. BAY: Tan derechito 4. HIG: Si no podía dormir 5. BAY: Bueno, yo he tomado cocaína hace muchos años y luego de tomar cocaína uno no puede dormir: pasa la noche en blanco simplemente. 6. HIG: No podía dormir. 7. BAY: ¿Tú no has tomado cocaína nunca obviamente, Susana? 8. HIG: Nunca 9. BAY: ¿Y alguna vez lo confrontaste y le preguntaste, «¿Alberto, tú estás tomando cocaína?» 10. HIG: No Esta no fue la primera vez que Susana Higuchi confesó el aparente consumo de cocaína por parte del exmandatario. En 1994, después de abandonar palacio de gobierno, la ex primera dama develó este secreto en una entrevista con César Hildebrandt. El periodista lo publicó años después debido a que en su momento se autocensuró (véase Hildebrandt, 2010, p. 14). Sobre las pocas horas de sueño de Alberto Fujimori y de su gran capacidad de resistencia, Martha Hildebrandt (excongresista fujimorista) retrata lo siguiente: «[Alberto Fujimori] Tiene una vida muy dura, no tiene nada que sea lujo, duerme poquísimo, pasa de los 4000 metros al nivel del mar en un solo día, exige a su organismo un esfuerzo muy grande. Cuando uno llega a renunciar a horas de sueño —como me pasa a mí pero nunca al nivel del Presidente— para sacar adelante al país… Las mujeres que estamos cerca de él (…) se lo decimos. ¡Por favor duerma, Presidente, duerma!, le dije yo anteanoche» (como se citó en Degregori, 2001, p. 65). Al parecer, detrás del hombre que en plena luz del día era capaz de cruzar un río luego de torrenciales lluvias —como se exhibe por medio de una fotografía en Vargas (1992, p. 2)—, operaba una ley nocturna que sostenía tal fortaleza: el presunto consumo de cocaína. 43 SIN, «[en] los primeros cinco años de gobierno su devoción por Fujimori y su entrega al trabajo fueron totales» (p. 170). Por su parte, los hijos de los Fujimori-Higuchi dejaron de pedirle las propinas a ella: ahora se las solicitaban al «tío Vladi», tal como Vladimiro Montesinos era llamado por ellos (Jochamowitz, 2002, p. 70). Este despojo a nivel intrafamiliar no sería el único que la ex primera dama enfrentaría desde que Alberto Fujimori recibió los resultados de los comicios presidenciales. Las sonrisas que ambos compartieron al lado de sus hijos horas antes, durante el televisado desayuno electoral (véase La República, 1990j, p. 11), no la previeron de los desplazamientos que estaba por (sobre)vivir. Además del exasesor, familiares del recién electo mandatario también fueron parte de una red que operó para garantizar la acumulación de recursos económicos desde los albores del régimen. Para comenzar, Rosa Fujimori, hermana de Alberto Fujimori, lo acompañó a una travesía internacional a EE. UU. y Japón antes de la toma de mando (véase La República 1990k, p. 3). Ella fue quien se sentó al lado del expresidente en un almuerzo con sus parientes nipones en Kawachi (prefectura de Kumamoto), el pueblo natal de Naoichi Fujimori y Mutsue Inomoto, sus progenitores (véase Sakuda, 1999, p. 442). Allí, recibieron las atenciones de las autoridades y habitantes de dicha localidad, así como donativos para los niños del Perú, montos que —de acuerdo con Ledgard (2011)— terminaron en la cuenta personal de Alberto Fujimori.59 Susana Higuchi no viajó en esa oportunidad, puesto que permaneció en Lima al cuidado de sus hijos (véase El Comercio, 1990b, p. A3). La ex primera dama, quien se autodenominó como «“la conciencia presidencial”» (como se citó en La República, 1992a, p. 3) en la celebración del primer año del fujimorato, no solía ser considerada en las comitivas que su exesposo presidió durante sus constantes viajes a la tierra de sus ancestros. Entre las gestiones realizadas en ese país se encontraría el desvío de donaciones niponas que fueron brindadas, en esencia, para fines filantrópicos. «Rosa [Fujimori] era quien 59 El desvío de las donaciones niponas, por tanto, comenzaría a operar antes de que Alberto Fujimori recibiera oficialmente la banda presidencial en la toma de mando del 28 de julio de 1990. Para Ragas (2022, p. 62), nueve días después de que Alberto Fujimori asumiera el mando, las donaciones de origen extranjero sumaban ya más de 280 000 dólares. 44 manejaba todo (…) ella se encargaba personalmente de la recolección de donativos» (Luis Macchiavello, exembajador de Perú en Japón, como se citó en Ledgard, 2011). De ahí, la necesidad de mantener lo más lejos posible a la autoproclamada «conciencia presidencial». Víctor Aritomi, esposo de Rosa Fujimori, se convirtió en embajador en Japón y permaneció en este puesto clave hasta la caída del régimen (1991-2000).60 A ellos se les sumarían Juana Fujimori y Pedro Fujimori, hermanos del exmandatario, quienes también, al parecer, estuvieron involucrados en el «manejo» a lo largo de la década del noventa de donaciones por medio del Comité de Damas, y las ONG Apenkai y Aken.61 Por su parte, Santiago Fujimori, se convirtió en uno de los principales asesores del expresidente (Degregori, 2001, p. 62). El hermano favorito de Alberto Fujimori —según Quiroz (2019, p. 325)— también estaría implicado en la administración de los donativos, así como en el reclutamiento y gestión de recursos humanos que sirvieran para sostener el gobierno.62 Aquél solía escuchar sus propuestas y la información que recogía. Incluso, llegó a conformar gabinetes siguiendo el consejo del menor (Murakami, 2018, p. 449). A Susana Higuchi, en cambio, simulaba escucharla en la media hora de audiencia que tenía con ella en la oficina presidencial (Bowen, 2000, pp. 42-43). El lugar medular que ocupó dentro de la familia fuera de lo común que conformó con Alberto Fujimori se resquebrajó con el flash electoral anunciado por la hija mayor. Él no se lo concedió más. Finalmente, ¿qué bienes y servicios podía brindar Susana Higuchi en comparación a aquellos que orbitaron con complicidad alrededor de la figura presidencial? Los recursos 60 De acuerdo con la investigación de Ledgard (2014), Víctor Aritomi estaría involucrado en la desviación de donaciones de ciudadanos japoneses a la cuenta personal de Alberto Fujimori: por ejemplo, 25 millones de yenes donados por Matsu Utsumi para la construcción de un colegio en el Perú terminaron en la cuenta del expresidente, previa firma y gestión por parte del exembajador. Un colegio en Villa el Salvador (Lima) lleva el nombre de la donante japonesa. La obra no se terminó. Una profesora recuerda lo siguiente: «[E]n la inauguración estuvo el presidente Fujimori, pero nunca más volvió. Nunca nos explicaron porque (sic) no terminaron la obra» (Juana Estrada, como se citó en Mella, 2011). Finalmente, acerca de la posición estratégica de Víctor Aritomi como embajador en Japón, Quiroz (2019, p. 325) recopila que aquél utilizó su inmunidad diplomática para transportar y lavar los ingresos ilícitos de Alberto Fujimori. 61 Para Quiroz (2019, p. 325), las donaciones de origen extranjero se estiman en 100 millones de dólares: solo el 10% de este monto llegó a sus destinatarios primigenios. En el 2010, la Segunda Sala Anticorrupción halló responsabilidad penal en Pedro Fujimori, Rosa Fujimori y Víctor Aritomi por la irregular administración de las donaciones de origen japonés (RPP, 2010). Sin embargo, en el 2019, la Segunda Sala Penal Liquidadora de la Corte Superior de Justicia de Lima archivó por prescripción las acusaciones (Agencia EFE, 2019). Para ese entonces, Pedro Fujimori ya había fallecido en EE. UU. 62 Por ejemplo, Martha Chávez, excongresista fujimorista y acérrima defensora del régimen, fue reclutada por Santiago Fujimori en 1992: «“Queremos gente de buenas costumbres”» fue lo que él le dijo al llamarla por teléfono (como se citó en Bowen, 2000, p. 42). Santiago Fujimori se desvinculó del régimen en 1996. Las disputas con Jaime Yoshiyama y Vladimiro Montesinos serían la causa de su salida (Murakami, 2018, pp. 447-454). 45 económicos que producía con su trabajo en las empresas a su mando ya no eran necesarios. Ahora, a la esposa del presidente le correspondía ocupar la posición de primera dama del fujimorato, lo cual —como desarrollaré en el siguiente y último capítulo— no fue tolerado por mucho tiempo por ella. Si bien, en las audiencias que Alberto Fujimori le otorgó, Susana Higuchi hablaba sin ser escuchada, el grito que lanzó con su pública denuncia retumbó en la cúpula presidencial. Esto conllevó la activación de mecanismos de vigilancia y de contención que buscaron dormirla de una vez por todas. Es ahí cuando estuvo a punto de ser arrojada en el encierro más desolado de todos y del cual no hay salidas en vida: el cautiverio de la paria. 46 CAPÍTULO III EL RETUMBAR DE SUSANA Medea: «Ahora la esperanza brilla: ha de venir la pena sobre mis enemigos» (Eurípides, 431 a.C./1963, p. 62). A lo largo de la historia republicana, hubo mujeres (tales como María Delgado, Violeta Correa, Pilar Nores, Eliane Karp y Nadine Heredia) que apoyaron, con sus matices, el gobierno de sus parejas (Manuel Odría, Fernando Belaúnde, Alan García, Alejandro Toledo y Ollanta Humala). Mención aparte merece Francisca Zubiaga (1803-1835), reconocida por Flora Tristán (1838/2003) como la «ex presidenta del Perú» (p. 519) debido a las responsabilidades político-militares que asumió en el marco del primer mandato de su esposo (1829-1833), Agustín Gamarra. Así como Susana Higuchi, Francisca Zubiaga supo maniobrar: utilizó el matrimonio como salvoconducto para salir de un encierro.63 Sin embargo, a diferencia de ella, La Mariscala funcionó como un bastión que mantuvo en pie el régimen que de forma oficial comandó Gamarra en la germinal y convulsionada nación peruana (Nuñez, 2022). Abraham Valdelomar (1947) la bosqueja de la siguiente manera: «Era ‘la presidenta’. La única dueña del Perú. En adelante ella sería la voluntad directriz, el único juez, el custodio más fiel de los intereses de su marido» (p. 39). La participación de Susana Higuchi en el primer gobierno de Alberto Fujimori constituye un caso sui generis: ella es la primera mujer (des)leal del fujimorato —esta vez— porque, en lugar de velar por los intereses de su exesposo y padre de sus hijos, los develó en más de una oportunidad. El retumbar de Susana sirvió para descubrir el corrupto germen estructurador del régimen, que el entonces presidente y allegados se esforzaron por mantener en la penumbra. Está conformado por dos acontecimientos, protagonizados por la ex primera dama, que 63 De acuerdo con Claudia Nuñez (2022), La Mariscala presenta un acta de matrimonio para poder salir del monasterio donde se encontraba: «Si el documento no convenció a la abadesa, seguramente, los soldados enviados por Gamarra lo hicieron. Entre el escándalo y los gritos de las monjas Francisca Zubiaga deja el monasterio de la Encarnación. No existe más Dios que la retenga» (p. 48). 47 desestabilizaron en su momento al fujimorato: primero, por un grito (la pública acusación que ejecutó el 24 de marzo de 1992 en torno a la apropiación de donaciones de origen extranjero por parte del círculo presidencial); segundo, por un intento de contragolpe (la tentativa de competir con Alberto Fujimori en las elecciones presidenciales de 1995). Como abordaré en las siguientes líneas, el primer acontecimiento del retumbar se encontró antecedido por un periodo donde las actividades de la ex primera dama encajaron en el gobierno de Alberto Fujimori. Este otro velo, tejido también a través de reflectores mediáticos, disimulaba las pugnas que Susana Higuchi sostuvo para desestabilizar el estricto cautiverio en tanto esposa, rincón donde fue ubicada desde que él ganó la presidencia de la República. No lo consiguió y, entonces, ella gritó. El arrinconamiento en el cautiverio de la paria sería un castigo que Susana Higuchi y Francisca Zubiaga enfrentaron: mujeres que compartieron, a su manera, la ventura de intervenir en demasía en la esfera política del país.64 Para comenzar, Carlos Iván Degregori (2001) ilustra la cabeza del Estado de la década del noventa como un «[p]residente hiperactivo, incansable, todopoderoso, omnipresente, siempre en campaña» (p. 56). Este último detalle no debe pasar desapercibido, dado que un mandatario «siempre en campaña» necesita, entre otros soportes, de una primera dama siempre complaciente, que sirva como un medio para mantenerlo en la cima del poder estatal. De esta forma, Susana Higuchi podía ser de utilidad —o, mejor dicho, existir— dentro de un régimen autocrático que requirió de múltiples complicidades, transgresiones y violencias para sostenerse. Se trata de la reproducción del cautiverio en tanto esposa en su máxima potencia: de contar con una primera dama que tan solo hable y ejecute acciones cuando sea conveniente para el presidente; esto es, que se ubique bajo su petrificante sombra, bien ante las cámaras de los medios de comunicación, bien dentro de los muros de palacio de gobierno. Tal como 64 Francisca Zubiaga falleció en 1835, exiliada en Valparaíso (Chile). Tuvo que huir del Perú porque su existencia en nuestro país se volvió insostenible. La Mariscala se fue quedando sin un lugar seguro donde permanecer con vida cuando Luis José de Orbegoso se convirtió en presidente de la República (1833-1835) y fue perdiendo apoyo popular. Flora Tristán recuerda que Francisca Zubiaga le compartió lo siguiente antes de partir al destierro: «¿Lloras, tú ¡Ah! ¡Bendito sea Dios! ¡Tú eres joven!, hay todavía vida en ti, llora por mí que ya no tengo lágrimas… por mí que ya no soy nada… por mí que estoy muerta…» (citado en Tristán, 1838/2003, p. 531). En el exilio, Francisca Zubiaga no se quedó completamente sola. Bernardo Escudero la acompañó, hasta su lecho de muerte (Nuñez, 2022, p. 97). Agustín Gamarra se fue desterrado a Bolivia. Sin embargo, volvió a portar la banda presidencial en 1839, aunque ya sin La Mariscala a su lado. 48 deslicé en el capítulo anterior, esta posición ya había sido en parte experimentada por Susana Higuchi en la campaña electoral, por las tareas que cumplió, por lo que dijo y por lo que calló. No se imaginó que un estricto cautiverio en tanto esposa se convertiría en su «destino» como compañera de un presidente que —como Stéphanie Rousseau (2009/2012, p. 37) detalla— terminó por concentrar el poder político sin contrapesos que le hicieran frente.65 Nada ni nadie debía menguarlo, mucho menos una esposa cuya medular posición a nivel intrafamiliar se desvaneció con el flash electoral. En un inicio, Susana Higuchi se desenvolvió como la primera dama de un régimen que tomó un inesperado horizonte económico a días de la toma de mando. Mientras que el expresidente aprobó y amparó el giro neoliberal que instauró su gobierno a partir del shock económico (8 de agosto de 1990), ella se dedicó a atender las necesidades de las poblaciones más vulnerables, con reflectores mediáticos de fondo.66 «Susana de Fujimori» (La República, 1990l, p. 17) presidió la Fundación Por los Niños del Perú, cargo heredado de Pilar Nores, ex primera dama del primer mandato de Alan García (1985-1990).67 Con esta institución, recaudó y entregó donativos: alimentos en Cajamarca (véase La República, 1990m, p. 7), regalos por Navidad en la Plaza de Armas (véase La República, 1990n, p. 4), útiles escolares en Lima (véase La República, 1991a, p. 12), Áncash (véase La República, 1991b, p. 8) y Puerto Maldonado (véase La República, 1991c, p. 3), así como ropa y medicinas en Tarapoto en medio de la 65 Durante la campaña electoral, en un mitin en Canto Grande (San Juan de Lurigancho, Lima), Alberto Fujimori, entonces candidato, prometió lo siguiente: «Ella [Susana Higuchi] no va a ir a Palacio porque, como ingeniera civil que es, va a tener mucho trabajo con los programas de vivienda y para resolver el problema del agua» (como se citó en La República, 1990b, p. 5). La ex primera dama permaneció sonriente, a su lado, en el estrado. No obstante, la promesa brindada frente a miles de testigos nunca fue cumplida a pesar de los deseos de Susana Higuchi por efectuarla. 66 Alberto Fujimori ganó la segunda vuelta electoral, en parte, por un discurso que negaba la aplicación del shock económico (Ragas, 2022, p. 42). La medida, anunciada vía televisión nacional por Juan Carlos Hurtado Miller, buscaba aplacar la aguda hiperinflación que dejó el primer gobierno de Alan García. El premier y ministro de Economía del fujimorato comunicó el también el fujishock de la siguiente manera: «La lata de leche evaporada que hoy costaba en la calle 120 000 intis, costará a partir de mañana 330 000 intis. El kilo de azúcar blanca que solo se conseguía a 150 000 intis, costará a partir de mañana 300 o00 intis. El pan francés que esta tarde costaba 9 000 intis, costará a partir de mañana 25 000 intis (…) Que Dios nos ayude» (como se citó en TVPerú Noticias, 2015, 1m21s). Por su parte, Béjar (1993) agrega que, a partir del shock económico, fueron despedidos 200 000 trabajadores estatales, se anularon las leyes de protección laboral y el sueldo mínimo llegó a 72 soles, mientras que la canasta básica subió a 590 soles. Es así como el neoliberalismo fue implantado en el Perú en el primer gobierno de Alberto Fujimori: inesperadamente, sin medidas económicas compensatorias y borrando derechos laborales. 67 La jefatura de la Fundación por los Niños del Perú al parecer iba a recaer, en primera instancia, en Rosa Fujimori, cuñada de Susana Higuchi: de casualidad, esta última recibió los papeles de la Fundación por parte de Pilar Nores (Caretas, 1992, p. 12). En otras palabras, luego de haber participado en la campaña electoral como la esposa del potencial presidente del Perú, la ex primera dama no había sido considerada por el círculo presidencial más íntimo como la jefa de la Fundación. Sin embargo, Pilar Nores la reconoció como esposa del electo presidente en una visita que la familia Fujimori-Higuchi realizó a palacio de gobierno antes de la toma de mando. Ahí es donde realizó la transferencia de la Fundación, con las cámaras de los medios de comunicación que sirvieron para inmortalizar el evento (véase, El Comercio, 1990c, p. A5). 49 epidemia del cólera (véase La República, 1991d, p. 16). Además, apoyó campañas de vacunación (véase La República, 1990ñ, p. 28), y visitó albergues de niños y ancianos en Ayacucho (véase La República, 1990o, p. 1) y Puno (véase Del Castillo, 1990, p. 17). Incluso, llegó a un set de televisión para entregar —en vivo y en directo, minutos antes de que culmine la Teletón— un aporte económico para la rehabilitación de los niños y jóvenes de la Clínica San Juan de Dios (véase La República, 1990p, p. 2). Las actividades públicas y descentralizadas que la ex primera dama ejecutó resultaron funcionales para el giro neoliberal que el expresidente comandó. Su gobierno no previó medidas económicas compensatorias que contrarresten la pobreza que generó en los sectores más precarizados con el también llamado fujishock (Béjar, 1993; Ragas, 2022, p. 49). Sin embargo, contó de forma accesoria y paliativa con las dádivas que Susana Higuchi se esforzó en recolectar, entregar (y mostrar). Como esposa del hombre al mando de la nación, la atención que Susana Higuchi brindó a niños, adultos y ancianos consiguió captar reflectores mediáticos. Su desenvolvimiento frente a las cámaras —reproduciendo lo que se espera de las mujeres; esto es, que cuiden de los demás (Lagarde, 2004, p. 157)— le permitió acumular capital simbólico: un reconocimiento por parte de la población que terminaría siendo de vital importancia para sobrevivir futuros padecimientos.68 Alberto Fujimori, por su parte, bosquejó a su entonces compañera de la siguiente manera: «En varias actividades me representa como esposa del Presidente. Se ha adaptado bien al trabajo. Hace una labor muy ardua, llegando a pueblos donde nunca había estado una Primera Dama de la Nación. Y lo cumple con mucho coraje, valentía y cariño» (como se citó en Caycho & Silva Navarrete, 1991, p. 18). De esta forma, la ex primera dama y el exgobernante tejieron un velo libre de conflictos, donde el trabajo de ella calzaba por defecto con los designios (económicos) de él. Como vemos, a nivel mediático, tanto en la campaña electoral como entre el primer y el segundo año del régimen, 68 Si bien es cierto que el trabajo de cuidados que las mujeres realizan se vincula al hogar (Carrasquer, 2013, p. 95), las actividades públicas que Susana Higuchi ejecutó como primera dama del fujimorato funcionarían como una extensión de aquella. La esposa del presidente cuida de sus hijos y del bienestar de la población. Esta versión efímera y mediática del trabajo de cuidado en casa logra desprenderse de la invisibilidad en la que este se encuentra sumergido porque quien la ejecuta no es cualquier mujer, sino la esposa del hombre al mando de la nación. Así es como obtiene reflectores mediáticos: a través del mandatario de turno. 50 ambos trataron de permanecer dentro del terreno de la «tradición». La jerarquizada complementariedad que destilaron públicamente sirvió para disimular las disputas dentro y fuera de palacio de gobierno.69 ELLA x ÉL x: de, a través de, por, para, detrás de ¿Y si ELLA desea otra fórmula? La ex primera dama llegó a dilucidar que «“sólo es la esposa del presidente y no tiene ni voz ni voto”» (como se citó en Caretas, 1992, p. 15). La metamorfosis de Alberto Fujimori en la «todopoderosa» cabeza del Estado redujo de manera exponencial el margen de maniobrabilidad que la ex primera dama ostentó en el cautiverio en tanto esposa de un hombre sin riqueza, pero con aspiraciones políticas desbordantes.70 Ahora, la pareja del entonces jefe de la nación debía dormir: acoplarse a él por completo, entregarse con docilidad a sus mandatos y ambiciones. Indiferente, no debes moverte, ni conmoverte, a no ser que te llamen. Si dicen «ven», entonces puedes acercarte. Apenas. (…) Un paso, o dos. Sin más. Ni exuberancia ni turbulencia. Si no lo rompes todo (…) ¿Tu vida? Debes fingir: recibirla de ellos. Pequeño receptáculo indiferente, sometida en exclusiva a sus presiones. (Irigaray, 1976/2009b, p. 157) La ex primera dama no consiguió fingir ni permanecer indiferente por mucho tiempo ante el lugar disponible para ella: la sombra del mandatario. Recordemos que desde pequeña logró conquistar espacios extraordinarios a nivel educativo, económico y familiar. Sus esfuerzos 69 Por un lado, tal fue el reconocimiento que Susana Higuchi fue ganando gracias a las actividades que presidió como presidenta de la Fundación por los Niños del Perú que hubo momentos específicos donde el velo libre de conflictos perdió lustre: por ejemplo, cuando el exmandatario Alberto Fujimori llegaba de manera intempestiva a las presentaciones de la ex primera dama para quitarle protagonismo (Godoy, 2021, p. 192; Marco Sifuentes, 2008, 2m23s). Por el otro, los muros de palacio de gobierno mantenían fuera de los reflectores mediáticos los violentos desencuentros entre Susana Higuchi y los familiares de Alberto Fujimori. «“[E]n 1990, estando en la residencia de Palacio -se queja- me tiraban cosas desde el segun do piso, como grabadoras y otros objetos que podían matarme…. Desde ese año se produjo una lucha para sacarme, empujada por toda la familia de él”» (Susana Higuchi, como se citó en Sullón & Chávez, 2002, pp. 15-16). En 1994, la ex primera dama le confesó a César Hildebrandt que dentro de la Casa de Pizarro también experimentó lo siguiente: «Escupitajos, empujones. Ha habido de todo. Fue una guerra sucia. Peor que de callejón» (como se citó en Hildebrandt, 1994, p. 48). 70 Véase Capítulo II. 51 rindieron sus frutos en más de una oportunidad. Asimismo, aprendió a maniobrar: hizo lo posible para evitar ser reducida a un «receptáculo indiferente» de designios y anhelos ajenos (y sorteó los escarmientos a causa de ello). De ahí que Susana Higuchi haya intentado desestructurar el estricto cautiverio en tanto esposa de un presidente preocupado en concentrar el poder político, utilizando lo que tenía a su disposición: los reflectores mediáticos.71 A través de ellos, la ex primera dama e ingeniera civil de profesión habló e intentó horadar el velo que ella también fabricó. «Paralelamente al trabajo que realizó mi esposo, mi despacho ha logrado el apoyo del gobierno norteamericano para llevar adelante obras de saneamiento ambiental, potabilización del agua y para la construcción de pequeñas hidroeléctricas» (Susana Higuchi, como se citó en La República, 1991e, p. 10). Asimismo, Susana Higuchi expresó su deseo de postular a la alcaldía de Lima.72 «“No solo creo que estoy capacitada para ello, sino que podría hacerlo muy bien”» (como se citó en La República, 1992c, p. 4). No obstante, sus intentos de desplazarse más allá de la sombra de su expareja fracasaron: no rindieron sus frutos. La ex primera dama no construyó ninguna de las obras mencionadas ni participó en los comicios municipales de 1992. Su grito, el primer acontecimiento del retumbar de Susana, sobrevino ambas tentativas y nada volvería a ser igual para ella luego de su denuncia. Desde finales de 1991, la primera mujer (des)leal de fujimorato tenía conocimiento de las lucrativas e ilegales actividades que el círculo presidencial más íntimo realizaba con los donativos de origen extranjero. Recuerdo que el 12 de diciembre de 1991 le dije a mi esposo que cómo era posible que estuvieran vendiendo ropa donada bajo el nombre del Comité de Damas de Palacio de Gobierno. Mucha gente venía a reclamar devoluciones de dinero, qué se yo. Hubo hasta 71 De acuerdo con Ragas (2022, pp. 60-61), ya en junio de 1991, el Ejecutivo gozaba de facultades extraordinarias para emitir decretos en torno a la inversión privada, el fomento del empleo y la pacificación nacional (entre ellos, figura el decreto 746, que ampliaba las atribuciones del Servicio de Inteligencia Nacional, y obligaba a las entidades públicas y privadas a brindarle la información que aquella requiriera). 72 En una encuesta de IPEA (véase La República, 1992b, p. 4), a Susana Higuchi se le atribuía el 17,7% de las preferencias para los comicios municipales de 1992, por encima de Michel Azcueta (14,7%) y Mercedes Cabanillas (13%). El partido político que se le asignaba en la encuesta era Cambio 90, liderado por Alberto Fujimori y con el que llegó al sillón presidencial en 1990. Además de sus deseos por postular a la alcaldía de Lima, Susana Higuchi también deslizó lo siguiente: «(…) “Es algo que tendré que consultar con mi gran jefe”» (como se citó en La República, 1992d, p. 8). Más allá de si la consulta se realizó o no, ella finalmente no postuló. 52 quienes se atrevieron a decirme que yo no daba factura. ¿Cómo que yo no doy factura?, gritaba. Y pensé: estarían vendiendo ropa el gerente de la Fundación por los Niños del Perú, la jefa del almacén. Entonces, me dijeron: no, la que está vendiendo es tu cuñada. (…) Le dije [a Alberto Fujimori] que estaban deshonrándonos. (…) Me dijo que no me metieran donde no me llamaban. (…) él dirigía todo. (Susana Higuchi, como se citó en Hildebrandt, 1994, p. 50) Susana Higuchi se tomó unos meses en salir públicamente del terreno de la «tradición»: el espacio donde —como he deslizado— rige «lo esperable» (por ejemplo, una clara distribución de voces, silencios y roles entre una pareja), donde se despliegan y aprecian los velos. Antes de dar tal paso, ella realizó varias advertencias dentro de la Casa de Pizarro: «Como cincuenta veces le dije [a Alberto Fujimori] “mira que” (…). Y entonces me dijo “a ver hazlo a ver si puedes”» (como se citó en No culpes a la noche, 2012b, 0m54s). El desafío fue enfrentado finalmente cuando el expresidente acababa de llegar de Japón, luego de entrevistarse con el emperador Akihito, así como de revisar «proyectos de cooperación» (Sakuda, 1992, p. 2). La ex primera dama no lo acompañó porque el exmandatario no habría aceptado que se incorpore en el itinerario de viaje una visita a Fukuoka, prefectura nipona de donde provenían los progenitores de ella (Caretas, 1992, p. 16). La hija menor de Koshiro Higuchi y de Seki Miyagawa se quedó, en efecto, sin voz ni voto. El presunto altercado sirve para constatar el estricto cautiverio en el que ella fue ubicada, donde la última palabra la daba solo su entonces esposo, el hombre al mando de la nación. Es en este punto cuando la ex primera dama hizo caer el velo libre de conflictos, en un solo movimiento y con reflectores mediáticos de fondo. El 24 de marzo de 1992, ante los periodistas que se encontraban dentro de su despacho ubicado en la periferia de palacio de gobierno, Susana Higuchi ejecutó un grito: la primera denuncia por corrupción, dirigida al entorno más cercano del expresidente y formulada por ELLA, una mujer vinculada de forma oficial con ÉL. 53 Hace algunos días, el señor Ramírez Lazo, periodista radial, dijo que la señora Fujimori viajaría a Talara llevando donaciones. Formuló este comentario cuando yo me encontraba en cama con fiebres muy altas y mucha gente creía que había viajado al Japón junto con mi esposo (…). Efectivamente, llegó a Talara la señora Clorinda Ebisui de Fujimori , esposa de Santiago Fujimori, llevando estropajos como donaciones, luego de haberse quedado con las mejores ropas para sí. Inclusive yo tengo el nombre de la costurera y de los bazares a quien les vende la mejor ropa. (Susana Higuchi, como se citó en La República, 1992e, p, 2) La acusación no solo apuntó a Clorinda Ebisui (esposa de Santiago Fujimori, hermano de Alberto Fujimori), sino también a Rosa Fujimori (hermana del expresidente) —quienes junto con Juana Fujimori (también hermana del exmandatario)— contribuyeron en sustituir los recursos económicos que Susana Higuchi generó al mando de Construcciones Fuji y de la Academia Wisconsin. «Se cogen lo mejor para ellas. Y reparten estropajos y utilizan mi nombre. Y eso sí me indigna» (Susana Higuchi, como se citó en América Televisión Novelas, 2021, 2m30s). Además de la pérdida de la posición medular a nivel intrafamiliar, la ex primera dama también sufrió otro despojo: la usurpación de su nombre por parte de otras mujeres de la familia Fujimori. Más allá de tan solo encarar el desafío que su entonces pareja le propuso o de perseguir un afán altruista, considero que, con su grito, Susana Higuchi buscó, primero, limpiar su nombre en vista de que ella hizo la denuncia pública cuando fue involucrada en la apropiación de donaciones, al ser confundida con otra «señora Fujimori» por un medio de comunicación.73 Se trató de un acontecimiento que reprodujo la brecha entre la ex primera dama, y sus cuñadas y concuñada, las cuales —a diferencia de ella— habrían ejercido prácticas corruptas: quienes «reparten estropajos» son otras (aquellas que acumulaban recursos económicos de forma fraudulenta), no la empresaria y presidenta de la Fundación por los Niños del Perú. Segundo, 73 El 23 de marzo de 1992, Juan Ramírez Lazo, periodista de Radio Cora (Piura) brindó la siguiente primicia: «[S]eñaló que la Sra. Fujimori había estado en Talara repartiendo ropa usada» (Caretas, 1992, p. 13). Los habitantes de Talara, damnificados por el Fenómeno del Niño de aquel año, recibieron polos de nylon y chompas en medio del inclemente verano que padecían. 54 la acusación constituyó un grito porque Susana Higuchi intentó romper con su estruendo el estricto cautiverio en tanto esposa de un jefe de Estado sin límites: de tan solo hablar y girar en torno a él y al régimen que este encarnó. Una vez que sus intentos por desestructurar ese cautiverio fracasaron, ella gritó. «Agonía, “palabra” explotada, destrozada por el dolor y la cólera, pulverizando el discurso: así la han oído siempre desde la época en que la sociedad masculina empezó a marginarla de la parte central del escenario, a expulsarla, a despojarla. Desde Medea, desde Electra» (Cixous, 1975/1995, p. 57). El grito, el primer acontecimiento del retumbar de Susana, si bien tuvo un origen muy personal, conformó una incontrolable explosión cuyo impacto exhibió una de las capas más profundas del fujimorato. Como adelanté en el capítulo anterior, Rosa Fujimori y Juana Fujimori también se dedicaron a la entrega de donativos.74 Con Clorinda Ebisui, integraron el Comité de Damas, instancia que administraba donaciones y organizaba bazares. Las ganancias eran utilizadas para la compra de ropa y de alimentos que serían otorgados a los más necesitados.75 «Todos laboramos ad-honorem y contribuimos así a cumplir con los humildes» (Juana Fujimori, como se citó en La República 1991f, p. 10). Sin embargo, aunque oficialmente el Comité fuera creado para la gestión y entrega desinteresada de dádivas, en el fondo, se trató de la pieza de una maquinaria hecha para transgredir subrepticia e impunemente la causa por la cual fue creada y colmar así los intereses económicos de unos pocos: el expresidente y su círculo más íntimo (entorno donde Susana Higuchi no fue admitida). Es lo que Slavoj Žižek (2003, 2011) denomina suplemento obsceno o ley «nocturna», es decir, el inseparable reverso clandestino y quebrantador de la ley «pública», aquella que se encuentra dentro del ámbito de lo escrito, 74 De acuerdo con la revisión bibliográfica realizada, he podido detectar que, en agosto de 1990, Rosa Fujimori iba a disponer de una oficina en palacio de gobierno encargada de la fiscalización del reparto de alimentos, «por la calle de Pescaderías, y que responderá directamente ante el Jefe de Estado» (La República, 1990q, p. 5). Sin embargo, no he logrado corroborar si dicho espacio fue habilitado oficialmente. Quien sí dispuso oficialmente de un despacho ubicado por la Calle Pescaderías fue Susana Higuchi en su calidad de presidenta de la Fundación por los Niños del Perú ubicada. Esta oficina se encontraba en la periferia de palacio de gobierno, pues se hallaba en el extremo opuesto con respecto a las oficinas del exmandatario Alberto Fujimori, su hermano Santiago Fujimori y demás asesores (véase Caretas, 1992, p. 14). 75 El paralelismo en torno a las funciones de la Fundación por los Niños del Perú y del Comité de Damas es superficial debido a que este último, en realidad, habría operado para la acumulación de recursos económicos de manera fraudulenta en beneficio del ex jefe de Estado y de su entorno familiar (Comisión Investigadora Encargada de Cumplir las Conclusiones y Recomendaciones de las Cinco Comisiones Investigadoras Respecto al Periodo del ex Presidente Alberto Fujimori Fujimori, 2003). Finalmente, luego de la exploración bibliográfica realizada, no he podido hallar acusaciones que señalen un manejo fraudulento de las donaciones en la Fundación por los Niños del Perú cuando Susana Higuchi era su presidenta. 55 de lo compartido de manera explícita. El suplemento obsceno, por el contrario, está conformado por silenciosos códigos que cohesionan una comunidad por «la identificación con una forma específica de transgresión de la Ley, de suspensión de la Ley» (Žižek, 2003, p. 89). En tal sentido, al margen de las relaciones de parentesco, los familiares que orbitaron alrededor de la figura presidencial compartían el ejercicio de prácticas corruptas al trastocar la ley «pública» que gobernaba las organizaciones sin fines de lucro que conformaron en beneficio de «los humildes», como parte de un gobierno cuyo líder utilizó la palabra honradez en su famoso slogan de campaña electoral. La corrupción —lo que Alfonso Quiroz (2019) define como «el mal uso del poder político-burocrático por parte de camarillas de funcionarios, coludidos con mezquinos intereses privados con el fin de obtener ventajas económicas o políticas contrarias a las metas de desarrollo social mediante la malversación o el desvío de recursos públicos, junto con la distorsión de políticas e instituciones» (p. 34)— constituye una de las dimensiones del suplemento obsceno del fujimorato. 76 Se trata de su capa más primigenia, instalada desde los albores del régimen por una camarilla (en este caso familiar) que operó a través de instituciones (como el Comité de Damas, las ONG Apenkai y Aken) y que llegó a reproducirse en la penumbra por todo el aparato estatal.77 Sus raíces se encuentran en el viaje que Alberto Fujimori realizó a Japón como presidente electo, cuando recibió por primera vez donativos, y 76 El suplemento obsceno del régimen está constituido por otra capa: el terror estatal. Si bien es cierto que oficialmente el gobierno mantenía un discurso de irrestricto respeto a los derechos humanos (véase Almeida, 2017, pp. 39-42), esta ley diurna era transgredida, por ejemplo, por el Destacamento Colina, organización amparada por el Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), y que operó con el aval del expresidente Alberto Fujimori y de los altos mandos militares (Comisión de la Verdad y Reconciliación [CVR], 2003a; Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, 2009; Uceda, 2004) Como ya es de conocimiento público, el Destacamento es responsable directo de los crímenes de Barrios Altos (3 de noviembre de 1991) y de La Cantuta (17 y 18 de julio de 1992), entre otros. La violencia extrema que ejerció este escuadrón como parte de la lucha contrasubversiva para garantizar la «pacificación» del país se llevó a cabo impunemente y sin límites entre 1991 y 1992. Sin embargo, a pesar de la desactivación del Grupo Colina, el terror estatal continuó operando. Mariela Barreto, ex agente del Grupo Colina e informante de periodistas que no se alinearon al régimen (tales como Edmundo Cruz y José Arrieta) fue objeto de una violencia sin nombre: el 23 de marzo de 1997, su cuerpo fue hallado descuartizado, sin manos ni cabeza en las afueras de Lima, al parecer, como parte del plan de contrainteligencia Tigre 86 (véase Almeida, 2017, 2018; Cruz, 2021). Para cuando esta investigación ha sido publicada, su asesinato permanece sin sentencia alguna. Sobre este crimen, el exmandatario manifestó lo siguiente: «Algo tan monstruoso no parte del Estado» (Alberto Fujimori, como se citó en El Comercio, 1997, p. A1). Así, el cuerpo —descuartizado, incompleto y abandonado en la vía pública— de una mujer que trabajó en el sector más clandestino del SIE da cuenta de la monstruosa dimensión del suplemento obsceno del fujimorato en medio de las palabras que se profirieron para ocultarlo. 77 Quiroz (2019, p. 356 y p. 382) señala que la corrupción de la década del 90 llegó a costarle al país un estimado de 14 000 millones de dólares (el destino de 404 millones de este monto sería los bolsillos del exmandatario): ningún otro gobierno del siglo XX ha llegado a ese nivel de corruptela. El historiador anota que, tan solo con la malversación de donaciones extranjeras, Alberto Fujimori y su entorno habrían acumulado de manera ilícita 90 millones de dólares (Quiroz, 2019, p. 327). 56 continuó corroyendo el fujimorato desde entonces.78 Vale acotar que si bien la corrupción no ha sido inventada por este gobierno, a lo largo de la década del noventa no hubo entidad estatal que no fuera usufructuada para la perpetración impune de prácticas corruptas. Como Jane Marcus-Delgado detecta, el Poder Ejecutivo, el Poder Legislativo, el Poder Judicial, el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), la Superintendencia Nacional de Aduanas y de Administración Tributaria (Sunat), así como instituciones militares y electorales funcionaron para encubrir el ejercicio de la corrupción por parte de Alberto Fujimori —y aliados—, al punto de hasta otorgarle un «“barniz de legalidad”» (2001, p. 30). En otras palabras, el régimen no solo se esforzó en sumergir en el silencio la corrupta dimensión de su suplemento obsceno, sino que también buscó disimularlo con los recursos humanos, simbólicos y materiales a su alcance. Susana Higuchi, a pesar de los velos que colaboró en producir mediáticamente, no funcionó como un elemento más de esta maquinaria. Por el contrario, con su grito iluminó aquello que debía permanecer en la oscuridad. Y padeció las consecuencias de tal traición hacia su entonces pareja y aquellos que se fundieron con él en el trastocamiento de la ley «pública». «Habla pese a todo. Que tu lenguaje no sea de un solo hilo, de una sola cadena, de una sola trama, es nuestra fortuna» (Irigaray, 1976/2009b, p. 158). Sin embargo, hay circunstancias donde hablar puede volverse un infortunio, más aún cuando se lanza un grito públicamente y se exhibe el corrupto núcleo transgresor de un régimen que, para ese entonces, ya contaba con Vladimiro Montesinos como jefe de facto del Servicio de Inteligencia Nacional y con el Destacamento Colina entre sus huestes. En otros términos, antes del primer acontecimiento del retumbar de Susana, crímenes contra los derechos humanos ya habían sido perpetrados por el gobierno en el marco de ilegales operativos de contrainsurgencia (como, por ejemplo, la matanza de Barrios Altos, 3 de noviembre de 1991) y de aniquilación de opositores.79 La denuncia constituyó un atentado contra el círculo presidencial más íntimo, 78 Por ejemplo, el Comité de Damas no requirió del autogolpe del 5 de abril de 1992 para su implementación (ni, por consiguiente, del derrumbe del equilibro de los poderes del Estado), pero sí necesitó de personas que ejecuten subrepticiamente prácticas corruptas con las que dicho organismo fue tomando forma: admitiendo o rechazando miembros, asignando responsabilidades y pactando beneficios. 79 Para comenzar, el crimen de Barrios Altos constituye la primera «incursión» del Destacamento Colina: este comendo ejecutó a quince personas (entre ellas un menor de edad) y dejó con lesiones graves a otras cuatro (CVR, 2003b, p. 475). Este crimen 57 lo cual conllevó a la activación de mecanismos de contención y de vigilancia de forma casi inmediata. Como advierte Virginie Despentes (2006/2018), «desde siempre, salir de la jaula se ha visto acompañado de sanciones brutales» (p. 25). En tal sentido, al intentar romper un encierro, la ex primera dama padeció, como consecuencia, una serie de sanciones que la arrinconaron a otro: el cautiverio de la paria. El grito aconteció. Ahora, ELLA debe correr. ÉL/ELLOS la van a alcanzar. Lo hicieron. Pocos días después de la acusación, Alberto Fujimori compartió lo siguiente: «Mi esposa tal vez se ha precipitado al tomar una información de un medio de comunicación (el informe de Radio Cora) y ha saltado para asumir este tipo de posición. Es realmente un celo que la compromete» (como se citó en Vargas, 1992, p. 3). Esta desacreditación, en su calidad de presidente de la República, neutralizó la onda expansiva del grito y, a su vez, resguardó a su familia: los Fujimori. En otros términos, el ejecutor de la primera medida de contención de la denuncia de la ex primera dama fue su entonces esposo, quien hizo un viaje relámpago a Tumbes (Perú) —acompañado de sus dos menores hijas— para inspeccionar el desborde del río Mariña y brindar una «improvisada» conferencia de prensa. El (sic) lo referente al bazar no se trata de una tienda sino de exposiciones de venta de productos que son donados y lo más apropiado no es entregarles directamente a los beneficiarios. Les cito un ejemplo, en ropa donada figuran abrigos de pieles que deben ser vendidos para obtener mayor ingreso. En Tokio (…) y en muchas ciudades se permaneció impune a lo largo del fujimorato. Asimismo, el 10 de octubre de 1991, Melissa Alfaro (estudiante, en ese entonces, de la Escuela de Periodismo Jaime Bausate y Meza) se convirtió en víctima de las cartas bomba, uno de los más desconocidos mecanismos de terror estatal ejecutado por el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), dirigido a aniquilar a civiles opositores del régimen. El sobre con C-4 iba, en realidad, dirigido a Carlos Arroyo, director del semanario Cambio (Uceda, 2004, p. 271). Según el periodista Álvaro Meneses (2018), la acusación fiscal alcanza —como autores mediatos— a Vladimiro Montesinos (exjefe de facto del SIN), Julio Salazar Monroe (exjefe oficial del SIN) y Pedro Villanueva (excomandante general del Ejército peruano); y —como autor inmediato— a Víctor José Penas (exmilitar del Ejército peruano). Sin embargo, en la actualidad, el crimen permanece sin sentencia alguna luego de casi 30 años de haber sido perpetrado y a pesar de la intensa búsqueda de justicia por parte de los deudos de Melissa Alfaro. 58 organizan este tipo de bazares. Actualmente, hay un bazar latinoamericano en la capital japonesa donde se reúnen periódicamente con el fin de recaudar fondos a favor de nuestros hospitales y de otras obras de apoyo comunal. (Alberto Fujimori, como se citó en Vargas, 1992, p. 2) Las palabras de Alberto Fujimori no solo gasearon la acusación de Susana Higuchi, sino que también reconstituyeron la ley «pública» que reglamentaba la gestión oficial de la recolección y entrega desinteresada de donaciones. Ante la develación de una de las dimensiones del suplemento obsceno del fujimorato, el hombre que lo comandó se encargó de volver a callar lo indecible. No lo hizo solo. La denuncia de la ex primera dama se desvaneció legalmente gracias a la telaraña que Vladimiro Montesinos tejió en el Ministerio Público y en el Poder Judicial.80 Susana Higuchi, por su parte, desapareció de la esfera pública. Su voz no volvió a circular en los medios de comunicación en los días sucesivos. Hasta que el autogolpe del 5 de abril de 1992 explotó y el equilibrio de los poderes del Estado fue disuelto exitosamente por Alberto Fujimori con apoyo de una cúpula político-militar (Degregori, 2001; Ragas, 2022). Al respecto, Martín Tanaka (2001, p. 75) reconoce que el timing del golpe fue fundamental para la consolidación del orden autoritario en el país. También fue crucial —distingo— para garantizar que otros mecanismos de contención y de vigilancia fueran aplicados sobre la ex primera por su traición, en silencio y sin ninguna ley ni organismo que la ampare. ¿Qué más le hicieron a Susana Higuchi? Fue obligada a dormir. En vista de que el estricto cautiverio en tanto esposa de un presidente sin contrapesos no sirvió para reducirla a un indiferente elemento que lo encumbre tan solo a él, comenzó a ser disciplinada de otras maneras —mucho más concretas— para evitar que vuelva a gritar. Durante el autogolpe, la familia Fujimori se resguardó en el Cuartel General del Ejército, también conocido como el Pentagonito (Jochamowitz, 2002, p. 69). Estas instalaciones albergaron al Servicio de 80 El fiscal ad hoc designado para investigar el caso fue Víctor Cubas, conocido por haber tenido a su cargo el crimen de La Cantuta (17 y 18 de julio 1992). Susana Higuchi no acudió a la citación fiscal para ratificar su denuncia (véase Terán, 1992, p. 6). Por su parte, Ragas (2022) manifiesta lo siguiente: «El fiscal era alguien cercano a Montesinos, con quien había colaborado defendiendo narcotraficantes años atrás» (p. 64). 59 Inteligencia del Ejército y, por ende, al brazo armado del régimen: el Destacamento Colina. Hubo personas detenidas extraoficialmente, llevadas a la fuerza al Pentagonito que no salieron jamás (Uceda, 2004). La ex primera dama no solo fue trasportada a dicho infierno, sino que también fue contenida en él. Durante dos o tres meses después del golpe de su esposo en abril de 1992, Susana permaneció como una prisionera virtual en el Pentagonito. (…). En una reunión con corresponsales extranjeros ella explicó cómo, luego de sus discutibles acusaciones, antes del golpe, contra la familia de Fujimori sobre la «ropa usada», la habían llevado repentinamente al Pentagonito. Ella no supo nada del golpe hasta el domingo 5 de abril por la noche, cuando su esposo le dijo que se sentara con él a ver la televisión: para su asombro, vio la grabación en que el Presidente anunciaba el cierre del Congreso y suspendía la Constitución. (Bowen, 2000, p. 216) La «invitación» a ver la grabación del anuncio del autogolpe funcionó para que la ex primera dama constate que su grito no rindió sus frutos. La cúpula detrás del giro autoritario del fujimorato no se lo permitió. Además, la interacción entre Alberto Fujimori y Susana Higuchi en el Pentagonito, un terreno proclive a la suspensión de toda normatividad que proteja la existencia, reveló las fauces de un nuevo confinamiento: el cautiverio de la paria. Ahora, el margen de maniobrabilidad que ella gozó en su tránsito por encierros previos quedó anulado en su totalidad. Tendrían que pasar más de dos años para que la ex primera dama pueda escapar con vida antes de ser engullida por completo en el cautiverio más solitario de todos y cuya vía de escape primordial es la muerte. El aislamiento es uno de los pasos requeridos para caer en el cautiverio de la paria. Como esbocé en la «Introducción», este abismo está signado por la soledad y por la desprotección extremas, las cuales posibilitan que la mujer arrojada en él sea objeto de múltiples penurias de manera impune. A diferencia de otros cautiverios desarrollados a lo largo de este estudio, el de la paria se activa para castigar a aquellas que desestabilizan el status quo con sus desbordes y las confina en los márgenes del orden «legítimo» y «oficial». Dicho 60 de otra forma, el cautiverio de la paria opera para aplacar y expurgar del sistema el elemento que lo incomoda, tal como Susana Higuchi lo fue para el fujimorato. Ella conocería y sobreviviría parte de este desolado encierro. En el 2001, luego de la caída del régimen, compartió el siguiente siniestro a la Comisión Investigadora del Congreso de la República, dirigida por el exlegislador aprista Mauricio Mulder. Un fin de semana entre abril y mayo de 1992, ocho personas me sacaron con mucha violencia del departamento que nos fue asignado en el segundo piso de uno de los edificios del SIE. Me sacaron con los ojos vendados, me encapucharon, me metieron a una camioneta 4x4 y me llevaron a no sé dónde. Me torturaron con golpes hasta que caí inconsciente. Me inyectaron algo para que me quedara totalmente dormida. Allí me aplicaron electroshock. […] No reconocí a nadie. Pero sé que todos tenían porte militar. No sé cuántos días pasaron, pero me ponen con la misma ropa con la que me encontraron. Aparentemente estaba desnuda, tambaleante. Me sacaron de ese lugar y me dejaron por la parte posterior del departamento asignado al Pentagonito. (Susana Higuchi, como se citó en Sullón & Chávez, 2002) Luego del autogolpe, el régimen consiguió ejecutar exitosamente una quirúrgica técnica para imponer el silencio, maquinada para corregir a la entonces esposa del mandatario. Leonor La Rosa, exagente del Servicio de Inteligencia del Ejército (SIE), confirmó que fue ella la encargada de llevar alimentos a la celda donde Susana Higuchi fue retenida (se preocuparon por que continúe con vida).81 La encontró desnuda, en posición fetal y ensuciada con sus propias orinas y heces (Sullón & Chávez, 2002, p. 12). Secuestrada, encerrada, vendada, esposada, golpeada, electrocutada y narcotizada: así habrían dormido a la primera mujer (des)leal del fujimorato. Sus menores hijos no fueron testigos del escarmiento. El exmandatario solía viajar con ellos al interior del país los fines de semana: los entretuvo mientras que otros cometían el espanto. La ex primera dama habría conversado con él acerca 81 Años después, entre enero y febrero de 1997, Leonor la Rosa fue detenida, interrogada y torturada hasta en dos oportunidades en los sótanos del Servicio de Inteligencia del Ejército por ser sospechosa de haber filtrado información sobre ilegales planes de contrainteligencia del Estado a la prensa (Relea, 1997). 61 lo sobrevivido. De nuevo, el exgobernante gaseó sus palabras: «“Estás soñando”, me dijo» (Susana Higuchi, como se citó en Muñoz, 2016, p. 3).82 La pesadilla del cautiverio de la paria apenas comenzaba. A lo largo de 1993, Susana Higuchi fue vista en contadas ocasiones a través de los reflectores mediáticos, luciendo «cada vez más reservada» (Bowen, 2000, p. 216). Ya no era la primera dama de inicios de la década del noventa. Después del giro autoritario que tomó el fujimorato con el autogolpe y del violento castigo padecido, ella aprendió a callarse; mejor dicho, fue reubicada bajo la sombra del dictador. El exmandatario también colaboró directamente con esta operación: «Alberto Fujimori alzó un machete -no lee usted mal- y dijo “ahora vas a ver”. ¿Intentaba acaso partir en dos la cabeza de su esposa Susana Higuchi? (…) Era 1993» (Sullón & Chávez, 2002, p. 12). Sí, la ex primera dama —al parecer— sobrevivió un intento de feminicidio por parte de su entonces pareja y padre de sus hijos. No sería el único. Efectivamente él, el mismo (Alberto) Fujimori de manera personal echó Paratión -que creo que es 10 o 100 veces más potente que el Folidol y puro- en los aires acondicionados de la alcoba presidencial. (…) Yo me hice la dormida (…) Y testigos de ello son Sara Concepción Rengifo García, mi secretaria, quien habiendo terminado Enfermería, me dijo que me tomara dos litros de leche (…). (Susana Higuchi, como se citó en Muñoz, 2016, p. 3) Esther Pineda (2019), desarrolla que a «las mujeres no las asesinan por ser mujeres (…). Las mujeres son asesinadas por romper con los patrones tradicionales de lo que se espera que sea una mujer, por querer o transformar sus experiencias, por empoderarse (…)» (p. 47). Si bien en otros cautiverios la ex primera dama consiguió transformar su experiencia y obtener 82 Los hijos de Alberto Fujimori y de Susana Higuchi hicieron lo mismo que el padre: gasearon lo dicho por la madre ante la Comisión Investigadora del Congreso de la República. Kenji Fujimori, quien tenía 12 años cuando ella habría sido secuestrada y torturada, testificó lo siguiente ante la Corte Suprema de Chile en el marco del proceso de extradición del exmandatario: «“Nunca tuve noticia de que mi madre haya sido secuestrada… Siempre estuvo con nosotros, pendiente de nuestras obligaciones escolares, y de ser así (que la secuestraron), nosotros lo habríamos notado fácilmente. Esto ocurrió por las ambiciones políticas que mi madre tenía y también por los problemas psicológicos que ella padece”» (como se citó en Cruz, 2016). Por su parte, Sachi Fujimori también patologizó a su madre para salvar al padre: «“Debo señalar que mi madre nunca fue secuestrada, lo que sí era muy inestable emocionalmente”» (como se citó en Cruz, 2016). No es la primera vez que se alude a la supuesta inestabilidad emocional de una mujer para desacreditar sus palabras. Tal como indica Rebecca Solnit (2014/2021, p. 99), cuando una mujer dice algo incómodo sobre el comportamiento de un hombre, se la suele retratar como si estuviera loca, como una mentirosa patológica. Finalmente, Keiko Fujimori, la hija mayor también reprodujo la voz del padre. Durante la campaña electoral del 2016 en la que participaba, borró las torturas que Susana Higuchi habría sufrido en el SIE: «“No sucedió”» (como se citó en Muñoz, 2016, p. 2). 62 más de lo que los patrones tradicionales concedían, después de su grito y de destapar públicamente la corrupción del círculo presidencial más íntimo, estuvo a punto de ser desechada en más de una ocasión por su expareja, quien para ese entonces ya no tenía contrapesos políticos que le hicieran frente; a su vez, contaba con Vladimiro Montesinos al mando del SIN para concretizar sus designios. Susana Higuchi se salvó por poco. Además de sobrevivir presuntos intentos de feminicidio y torturas para escarmentarla, sobrellevó el abandono de sus hijos, quienes a mediados de 1993 se habían mudado al Servicio de Inteligencia Nacional con su padre y el asesor (véase Jochamowitz, 2002, pp. 69-70). Los despojos no terminarían en este punto. La ex primera dama permaneció aislada y vigilada en palacio de gobierno. Salía solo para eventos protocolares, cuando era requerida. «Estáis marchitas, sofocadas, engañadas, desalentadas, os resignáis, está bien; pero vuestra tarea aún está por hacer» (Tristán, 1845/2019, p. 27). Con las fuerzas que le quedaron, Susana Higuchi trató de enfrentarse con el origen de su infortunio a través de un contragolpe. El segundo acontecimiento del retumbar de Susana está constituido por su fallido intento de postular a la presidencia de la República en las elecciones de 1995 y, por tanto, de competir contra Alberto Fujimori. No la dejaron hacerlo. Sin embargo, la tentativa de contragolpe sirvió para mostrar cómo operaba el régimen: de forma autoritaria, concentrando el poder estatal y reprimiendo a los disidentes (Burt, 2022; Cotler, 2000; Degregori, 2001). Asimismo, la ex primera dama aprovechó el revuelo mediático que desató para volver a develar las presuntas prácticas corruptas de personas vinculadas al Ejecutivo (tales como el exministro de la Presidencia Raúl Vittor y la exviceministra de Justicia Miriam Schenone) aunque en esta ocasión también apuntó directamente a la cabeza del fujimorato.83 «No necesito ningún tractor. Sólo la bandera de la honradez» (Susana Higuchi, como se citó en Hildebrandt, 1994, 83 Estas denuncias, como la emitida en 1992 con respecto al tráfico de ropa donada, fueron archivadas (véase La República, 1994a, p. 11). Susana Higuchi acusó a Raúl Vittor de presionar a la directora del Instituto Nacional de Infraestructura Educativa y de Salud (INFES), Elsa Carrera, para que entregue obras de construcción de colegios a empresas designadas por él (Caretas, 1994d, p. 16). Asimismo, denunció públicamente a Miriam Schenone por valorizar su casa por el doble de su precio para obtener una hipoteca (Caretas, 1994e, p. 14). 63 p. 48). Susana Higuchi salió del estado de aletargamiento al que había sido inducida. Despertó (y sobrevivió). Antes de que se desate la tormenta, a mediados de julio de 1994, Susana Higuchi lucía sonriente al lado del expresidente en un viaje protocolar a Colombia (véase El Comercio, 1994, p. A1). De nuevo, a nivel mediático, ambos trataron de permanecer dentro del terreno de la «tradición». Días después, la promulgación de la llamada «Ley Susana» (Ley N.° 26337) resquebrajó la aparente armonía conyugal. La norma, aprobada en una semana, prohibía la postulación del cónyuge o parientes sanguíneos del presidente de la República a los procesos electorales que sucedían su mandato.84 La ex primera dama se encontraba armando la plancha presidencial desde junio de 1994 (Sí, 1994, p. 13). La cúpula del poder estatal se enteró y ejecutó medidas de contención para frenar tamaña deslealtad.85 Para ello, instrumentalizó al Jurado Nacional de Elecciones (que presentó la ley) y al Congreso Constituyente Democrático (que, por mayoría, aprobó la norma), entidades que eran parte de la telaraña de Vladimiro Montesinos. La rapidez con la que la «Ley Susana» fue aprobada cristaliza la relación de dependencia de las instituciones estatales «autónomas» con respecto a la voluntad presidencial. El 5 de agosto de 1994, Susana Higuchi despertó: finalmente huyó de palacio de gobierno y se refugió en la casa de la pareja Manuel Odría y René Navarro, quien había trabajado en la Fundación por los Niños del Perú. Ellos la resguardaron por varios días. La ex primera dama consiguió que los medios de comunicación esperen su llegada a dicho hogar y, aunque no lo parezca a simple vista, también la protegieron, dado que constataron que llegue a salvo (véase Hinojosa, 1994a, p. 3). El capital simbólico que Susana Higuchi acumuló 84 El 13 de julio de 1994, el Jurado Nacional de Elecciones remitió el borrador de la «Ley Susana» al Congreso Constituyente Democrático (CCD); cinco días después, el texto es distribuido entre los miembros de la Comisión de Constitución del CCD; finalmente, la norma es aprobada «a caballazos» el 20 de julio de 1994 (Sí, 1994, p. 13). 85 La cúpula del poder estatal llevaba la delantera. Se enteraban de los pasos de la primera dama, probablemente, porque la «chuponeaban». El exmandatario habría dispuesto la intervención de las comunicaciones de Susana Higuchi de acuerdo a una confesión que el exasesor le brindó a la ex primera dama en la Base Naval del Callao, recinto donde se encuentra detenido hasta el día de hoy: «Durante 10 años he tenido el teléfono interceptado y escuchaba personalmente (mis conversaciones) el ex presidente (sic) con audífonos sin esperar transcripción» (Susana Higuchi, como se citó en La República, 2001, p. 10). 64 previamente como esposa de un candidato a la presidencia de la República y como presidenta de la Fundación por los Niños del Perú y primera dama del régimen funcionó como un escudo para que no pudieran deshacerse de ella con facilidad. Las actividades de cuidado que desplegó a inicios de la década del noventa le permitieron recibir reflectores mediáticos y ser reconocida por la población. No todas aquellas que son arrinconadas en el cautiverio de la paria corren con esta suerte: no todas son tan visibles como la pareja de un mandatario. La ex primera dama conoció las orillas del cautiverio de la paria; pero las redes sociales de apoyo y la atención de los medios la salvaron de caer por completo en ese abismo.86 Estos últimos también funcionaron como un parapeto para enfrentarse a la «todopoderosa» cabeza del régimen: «Creo que los logros de una Nación no dependen solamente de los logros de un señor, sino de todos los peruanos en general, que están contribuyendo, sacrificándose» (Susana Higuchi, como se citó en La República, 1994c, p. 2). Aunque no lo nombra, la palabra de Susana Higuchi fue escuchada por el «señor». El castigo que dispuso para ella días después así lo evidenció. Cuando la ex primera dama retornó a palacio de gobierno, no la dejaron ingresar (véase La República, 1994d, p. 4). Esta es una de las sanciones que les espera a las esposas que se enfrentan públicamente a sus maridos: corren el peligro de perder un lugar en el mundo. Por insistencia, Susana Higuchi consiguió atravesar las rejas de dicha edificación. Días después, fue enclaustrada en la Casa de Pizarro por órdenes de Alberto Fujimori (Páez, 2001, p. 10). A pesar de este castigo y de que su teléfono se encontraba intervenido, él no pudo arrebatarle su voz: «Aquí estoy presa. No me dejan salir. (…) Todos los ambientes están cerrados. Me han prohibido el ingreso a todas las oficinas» (Susana Higuchi, como se citó en Hinojosa, 1994b, p. 10). Alberto Fujimori se encargó de sentenciarla por su resistencia: la despojó de la función de primera dama el 23 de agosto de 1994, a través de un mensaje a la nación. Mi recargada labor, mi entrega cotidiana a las tareas de reconstrucción nacional, y desde luego la confianza que siempre he depositado en mi esposa, ha impedido que 86 Organizaciones feministas (Manuela Ramos, Flora Tristán y Demus) también la respaldaron cuando Susana Higuchi fue expulsada públicamente del régimen vía mensaje de la nación (véase La República 1994b, p. 3). 65 pueda sospechar que, a mis espaldas, personajes inescrupulosos montaban toda una campaña de desprestigio y confusión contando con la deslealtad de mi cónyuge (…). Tengo la suficiente entereza y responsabilidad ante el país, para salirle al paso a estas desagradables circunstancias. No se puede ceder al chantaje ni a la intimidación, vengan de donde vengan. He decidido por ello separar a mi esposa de la función de Primera Dama. (…). A partir de ahora la señora Susana Higuchi podrá realizar sus actividades políticas de abierta oposición al gobierno cuando y donde mejor le parezca. (como se citó en La República, 1994e, p. 3). A los pocos días, Keiko Fujimori reemplazó a Susana Higuchi como primera dama del fujimorato: «[Y]o veía a mi mamá con unas ideas que no iban (…). Mi papá es ahora cuando necesita más apoyo, sobre todo de mi madre… digamos que lo que no esperaba en ella (y se lo dije) entonces al ver esa actitud lo único que elegimos fue apoyar a mi padre» (como se citó en La República, 1994f, p. 2). Así, padre e hija expectoraron a la madre que no hizo «lo esperable», que no se dejó petrificar bajo la sombra del dictador. Poco tiempo después, Susana Higuchi le llegó a confesar a Raida Cóndor, durante el velorio del hijo de esta última y demás víctimas del crimen de La Cantuta, lo siguiente: «Yo también me he quedado sola» (como se citó en La República, 1994g, p. 11). Efectivamente, sus hijos la habrían abandonado a su suerte. La ex primera dama llegó a advertir(nos) en 1994 que «“Keiko es igual a él”» (como se citó en Hildebrandt, 2022, p. 17). Por otro lado, la comunidad peruano-japonesa tampoco la amparó: su nombre se nos volvió impronunciable. Preferimos apoyar al hombre entregado a la «reconstrucción nacional» que a la mujer que buscaba socavarlo. De esta manera, el retumbar de Susana concluyó: con el destierro de la primera mujer (des)leal del fujimorato. Susana Higuchi salió de palacio de gobierno para nunca más volver. No retornó al reino del padre, sino que se refugió en la Academia Wisconsin y, desde ahí, armó la agrupación política Armonía Siglo XXI para batallar por un espacio en la contienda electoral. Los teléfonos del centro educativo se encontraban intervenidos y —como resulta predecible— el Jurado 66 Nacional de Elecciones no la dejó participar. En medio de la huelga de hambre que ejecutó en las puertas de esta entidad a manera de protesta, y con sus últimas fuerzas, la ex primera dama gritó una vez más: «Les voy a demostrar cuán ladrón es mi marido» (como se citó en Gasparini, 2002, p. 219). Siguió iluminando la corrupción, la dimensión más primigenia del suplemento obsceno del fujimorato, y luego se desmayó. Finalmente, Alberto Fujimori ganó las elecciones presidenciales de 1995, en primera vuelta, con un 64,4% de votos válidos (Degregori & Meléndez, 2007, p. 65). Keiko Fujimori lo acompañó en las celebraciones por esta victoria. El expresidente y la ex primera dama se divorciaron oficialmente en noviembre de 1995. Él se quedó con la custodia de los dos menores hijos (Sachi Marcela y Kenji Gerardo). Susana Higuchi, por su parte, no volvió a casarse. Tampoco gritó de nuevo. Como indica Josefina Ludmer (1984, p. 50), el silencio puede funcionar como un espacio de resistencia. A la primera mujer (des)leal del fujimorato le permitió permanecer con vida, en medio de la vigilancia de un régimen que un par de años después no dudó en deshacerse de Mariela Barreto, exagente del Destacamento Colina e informante de la prensa alternativa. Susana Higuchi por lo menos sobrevivió: aprendió a hacerlo. En el 2000, logró ver, en primera fila y al lado de Fernando Olivera, la caída del fujimorato con la pública presentación del vladivideo Kouri-Montesinos. A partir de este acontecimiento, la corrupción del mandato de su exesposo ya no pudo ser ocultada más. Hace ya algunos años, Susana Higuchi buscó visitar a Alberto Fujimori en la cárcel. Él, simplemente, no quiso recibirla. ELLA sobrevivió el espanto. Vivió para contarlo. Así, LO/LOS derrotó. 67 CONCLUSIONES «Hace cinco años sufrí una caída terrible. Prácticamente muerta, pero me han revivido. Por algo será, ¿no? Para seguir luchando. Todavía me necesitan» (Susana Higuchi, como se citó en Panorama, 2018, 8m50s). Susana Higuchi falleció el 8 de diciembre del 2021, luego de batallar por años contra el cáncer y de haber sufrido una aparatosa caída que mermó su movilidad. Sus dolencias no impidieron que acompañara a sus hijos con mayor participación política y mediática (Keiko Sofía y Kenji Gerardo) a afrontar los problemas judiciales en los que se sumergieron por, al parecer, quebrantar la ley (sea por lavado de activos o por tráfico de influencias). Este trajín terminó por dormirla para siempre. La encargada de revelar la muerte de la madre fue la hija mayor (véase Fujimori, 2021). En su velorio, la primera mujer (des)leal del fujimorato fue recordada de la siguiente manera: «Como madre es admirable porque poniéndose en su lugar ha soportado gran parte del odio político y del dolor que significa tener familiares haciendo política» (Omar Quesada, como se citó en TVPerú Noticias, 2021, 0m58s). Sí, Susana Higuchi se dedicó a sus hijos en los últimos años de su vida. Se refugió en el cautiverio en tanto madre, posición que le permitió continuar con su vida, así como volver a establecer vínculos con sus vástagos. Cada vez que salía a declarar a los medios de comunicación (sobre todo a partir del 2011, con la primera candidatura presidencial de Keiko Fujimori Higuchi), solía hacerlo para apoyarlos o defenderlos. Sin embargo, como he elaborado en este estudio, durante su existencia, Susana Higuchi hizo mucho más que eso: gritó e intentó convertirse en presidenta del Perú (y pagó las consecuencias por ello). Sinceramente, espero que este trabajo ayude a iluminar aquellos espacios de nuestra historia reciente que permanecen sepultados por la oscuridad del olvido; pues en ella hubo una mujer que se desplazó en más de una oportunidad más allá de los límites de «lo esperable». 68 A lo largo de esta investigación exploratoria y polifónica, he tratado de compartir los claroscuros que escindieron la existencia de Susana Higuchi, las maneras con las sorteó los singulares cautiverios que transitó (en tanto hija de un migrante japonés boyante y en tanto esposa de un hombre sin herencia, pero con ambiciones políticas desbordantes), así como su participación en el fujimorato, hilvanando estos hallazgos con una constelación de voces provenientes, principalmente, de los Estudios de Género. He intentado no brindar tan solo una colección de anécdotas. Tampoco he perseguido reflejar los hechos tal cual ocurrieron. Dudo de que eso posible. Mi acercamiento ha sido crítico, interpretativo e interdisciplinario, abierto a otras lecturas (con lentes psicoanalíticos, por ejemplo). De eso se trata: de seguir contemplando académicamente la tan poco estudiada historia del tiempo presente, así como sus (in)visibles personajes (como Susana Higuchi). Como sociolingüista enfocada en la polivalencia y en el dinamismo del lenguaje en uso e interesada en temas de género, también espero haber aportado en la necesidad de complejizar y matizar nociones teóricas, como la de cautiverio. Tal como deslicé en este trabajo, la ex primera dama supo maniobrar al punto de acumular recursos económicos y simbólicos. No obstante, estuvo sujeta a las concesiones de su padre y de su entonces esposo. Sin ellos, habría sido muy difícil para ella —estimo— estudiar Ingeniería Civil con tranquilidad, así como crear legítimamente Construcciones Fuji. Luego de cuatro años de embarcarme en esta investigación, me he dado cuenta de que Susana Higuchi resulta un personaje incómodo en vista de que nos obliga a (re)pensar el fujimorato, un gobierno que no habría tenido reparos en mutilar impunemente el cuerpo de miles de mujeres racializadas y subalternizadas (me refiero al crimen de las esterilizaciones forzadas en el segundo lustro de la década del noventa). Antes, ya habría violentado a su primera dama (tal como expuse en el tercer capítulo). Ni ella se salvó de lo que el mandato de Alberto Fujimori fue capaz de hacer contra las mujeres, las disidentes, las invisibles. Como bien apunta Rita Segato (2016), «el Estado es siempre patriarcal, no puede dejar de serlo, porque su historia no es otra cosa que la historia del patriarcado» (p. 105). El fujimorato constituyó un régimen autocrático, clientelista y neoliberal que exacerbó la dominación de los 69 hombres sobre las mujeres y que dejó heridas imborrables en muchas de ellas. Si bien contó con varias figuras femeninas entre sus filas, ellas eran admitidas si defendían (o servían) al dictador (algunas incluso lo continuaron haciendo cuando él las abandonó al renunciar vía fax y fugarse a Japón en el 2000). Aquellas que no eran parte de este selecto grupo se encontraban proclives a ser desechadas. Susana Higuchi estuvo a punto de caer en el solitario y desprotegido cautiverio de la paria como castigo por su retumbar. Sobrevivió: amistades, medios de comunicación y los recursos que acumuló jugaron un papel crucial en ello. No obstante, en vida, no obtuvo justicia por los escarmientos padecidos (ni siquiera sus hijos buscaron conseguirlo). Más bien, fue objeto de burlas al ser retratada como la electrocutada en programas cómicos de señal abierta (entre ellos, El Especial del humor, conducido por Carlos Álvarez y Jorge Benavides). Las secuelas por decir lo indecible no culminaron para la ex primera dama con el retorno de la democracia, luego de la caída de un régimen que —a la luz del título de una novela de Stieg Larsson— estuvo conformado por hombres que no amaban a las mujeres y que utilizaron todos los medios posibles para domesticarlas o desecharlas impunemente y a su antojo. Este trabajo es el primero en brindar una biografía de Susana Higuchi. Advierto que se trata de una propuesta inconclusa. La ex primera dama llegó a obtener una curul en el Congreso de la República. En medio del ocaso del gobierno de Alberto Fujimori, retornó a la esfera política como legisladora (2000-2001 y 2001-2006) con el partido político Frente Independiente Moralizador (FIM), adversario del fujimorismo. Después de esta travesía (donde terminó por separarse del FIM), se dedicó a su chancadora de piedra en Carabayllo (Lima) y a su fundo en Huacho. Paulatinamente, con Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos encerrados en cárceles (el primero fue extraditado de Chile en el 2007; y el segundo, de Venezuela en el 2001), recuperó su lugar como madre de sus hijos, apoyándolos en sus (des)venturas políticas. Guardo la ilusión de poder trabajar esta última etapa de la vida de la ex primera dama en una futura publicación (quizás en el epílogo). 70 Finalmente, Susana Higuchi es la primera mujer (des)leal del fujimorato porque —detecto— no fue la única. Mariela Barreto y Matilde Pinchi Pinchi también fueron parte del régimen. La primera fue miembro del Destacamento Colina; la segunda cuidó de Vladimiro Montesinos, el hombre que desde el Servicio de Inteligencia Nacional creó una telaraña para sostener a Alberto Fujimori en la cúspide del poder estatal. Ambas traicionaron al fujimorato. Matilde Pinchi Pinchi, así como Susana Higuchi, vivió para contarlo. Las deslealtades hacia dicho mandato se pagaron; pero unas sufrieron más que otras. Como desarrollé en este estudio, la atención de los medios de comunicación funcionó como un escudo para que Susana Higuchi pudiera permanecer con vida. Mariela Barreto no gozó de este capital simbólico. Se deshicieron de ella, basurizando y reciclando su cuerpo. Tengo una deuda conmigo misma: espero poder continuar con este tema de investigación e incluir y contemplar la vida de otras mujeres (des)leales del fujimorato en futuros estudios. De todas formas, animo a otrxs a tomar la posta. 71 REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS Agencia EFE. (2019, 6 de enero). La justicia peruana archiva los delitos de corrupción de las hermanas de Alberto Fujimori. Agencia EFE. Recuperado el 14 de agosto del 2022. https://www.efe.com/efe/usa/america/la-justicia-peruana-archiva-los-delitos-de- corrupcion-las-hermanas-alberto-fujimori/50000103-3859053 Alcalde, C. (2014). La mujer en la violencia. Pobreza, género y resistencia en el Perú. 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